Fanboys

El fenómeno, lejos de ser temporal, tomó fuerza y a día de hoy, son millones aquellos que contabilizan el deporte más popular del planeta. Para ellos solo existe una verdad, es el Santo Grial de su religión, el Dios absoluto. Adoradores de la estadística. Empuñan el arma perfecta. Los números son el Fanboymaker por excelencia.

EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara

El concepto es relativamente nuevo, no recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero sí cuándo lo descubrí. Fue en algún momento previo a la EURO 2008. En una discusión de barbería apareció aquel personaje nuevo en el estrecho portal donde El Chino reunía a sus clientes, casi todos con dos características comunes: su pasión por el fútbol y una búsqueda casi enfermiza por ese corte de cabello capaz de mejorar su poca agraciada apariencia.

En aquel grupo de tipos que rondaban la treintena se podía encontrar de todo; ingenieros, médicos, abogados, pintores de brocha gorda, especialistas de bolsa negra… Fanáticos de toda la vida a Brasil, Argentina, Real Madrid, Barça, Milan, Bayern, Manchester y hasta uno que le iba al Saprissa. Los debates eran calientes, a todo volumen, y sobre todo con criterios porque más mal que bien, el 90% de los foristas sabía cómo se sentía un balón de fútbol, es más, adoraban el simple hecho de tocarlo.

Entonces surgió la figura, el invitado sorpresa. Así, sin introducción y con todo descaro dijo, revista en mano, “el mejor del mundo ahora mismo es Totti, porque mete más goles y es campeón del 2006 con Italia. Lo dice aquí, le acaban de dar la Bota de Oro”. El muchacho apenas rondaba los 16 años. En aquel momento lo supe: los fanboys habían llegado y serían la fuerza dominante en los años por venir.

¿Cómo explicarle a aquel imberbe que a simple vista jamás había pisado un terreno, que si bien el italiano era un crack, en ese momento Kaka y Ronaldinho lo superaban, e incluso CR7 ya anunciaba que pronto asaltaría la cima? Todos los intentos fueron vanos. A cada argumento anteponía el artículo estadístico escrito por no sé quién. Lo defendía a muerte, pese a confesar que nunca había visto un partido completo del eterno capitán romano. No necesitaba más que números y aquella revista. Con esa verdad era infalible.

El fenómeno, lejos de ser temporal, tomó fuerza y a día de hoy, son millones aquellos que contabilizan el deporte más popular del planeta. Para ellos solo existe una verdad, es el Santo Grial de su religión, el Dios absoluto. Adoradores de la estadística. Empuñan el arma perfecta. Los números son el Fanboymaker por excelencia. No les importa otra cosa. ¿Quién es el mejor? El que más goles marca. ¿Qué equipo es el más grande? El que más títulos tenga. ¿Cuál es el técnico del momento? El último que ganó. Ahí comienzan y terminan sus análisis.

La oleada es viral y los medios de comunicación identificaron a su nuevo público meta. Los espacios de análisis cada vez son menos y proliferan shows y escritos donde periodistas con bufanda defienden a sus equipos y jugadores favoritos a base de cifras y de acuerdo a los sucesos de la última jornada. Hinchas con micrófonos. Están en todas partes. Los encuentras en un reconocido canal europeo o en un YouTuber de Tumbuctú.

Lo peor es que llevan algo de razón, pues existe una naturaleza resultadista obvia: es deporte y tiene un elemento competitivo primario, se juega para ganar, solo que no es tan simple como eso. Si el fútbol como expresión social no tiene algo de arte y subjetividad llámenme loco. ¿O acaso alguien puede explicar la diversidad de estilos, tendencias y sistemas que levantan pasiones mas allá de triunfos y reveses?

No andan errados los seguidores del Bilbao por defender su tozudez regionalista, ni tampoco los del PSG por aplaudir al jeque que los puso en la élite europea moneda sobre moneda. Todas las ideas valen, da igual que Guardiola intente óperas corales genialmente elaboradas o que Klopp imponga a riff puro su ideología de vértigo. Lo importante, lo que queda en la memoria es el viaje, no el destino final.

Fue el gran Julius Erving, aquel espectacular alero de la ABA y la NBA en los ’70 y ’80 quien afirmó que “ganar o perder es algo que esta fuera de mi control, en mis manos solo queda trabajar, intentar ser mejor”. Dr J conocía la importancia del sacrificio.

Hoy podría asegurar que son mayoría aquellos que prefieren ver un resumen en Sportcenter o Youtube a los que se sientan 90 minutos íntegros a analizar a un club diferente al de su preferencia. Los fanboys opinan con un escueto resumen y la hoja de estadísticas a mano. Gratificación instantánea a pulso. Mañana tal vez tengan otro criterio en dependencia de los caprichosos resultados.

Por mi parte, a veces pienso que me detuve en el tiempo y aún sigo en la universidad esperando a que todos terminen de ver la película en la sala de video. Después, tarde en la noche y con la complicidad de aquel anacrónico VH, devoro dos partidos de la liga que se pudo grabar. ¡Qué me importa saber el resultado! Apenas presiono play ya no estoy sentado, corro en la grama, doy pases, siento la hinchada. Vivo el fútbol. Ya gané. Déjenme ahí.

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