La escena de la presentación de Zlatan representa a la perfección lo que es el Milan contemporáneo: un club con una enfermiza inclinación a evocar constantemente el pasado, en lugar de planificar el futuro sin renunciar al sueño de regresar algún día.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Cuando el Milan levantó su última Copa de Europa no existían Instagram ni WhatsApp, Apple lanzaba al mundo el primer modelo de iPhone y Samsung apenas comenzaba a desarrollar la idea de su Galaxy; Lionel Messi y Cristiano Ronaldo no habían ganado ni un solo Balón de Oro entre ambos; Stephen Curry jugaba baloncesto colegial para los Wildcats del Davidson College y Usain Bolt solo soñaba con colgarse al cuello su primera medalla olímpica; Brad Pitt ya estaba divorciado de Jennifer Aniston; los hermanos Wachowski todavía no reconocían su transexualidad y Taylor Swift no tenía ninguna nominación a los Grammy; Pedro Sánchez era solo un concejal en el Ayuntamiento de Madrid; Kim Jong-un aún no jugaba a los soldaditos con sus cohetes y a los cubanos se nos prohibía la entrada a los hoteles. Tanto ha llovido desde entonces que los aficionados de nuevo tipo confunden el escudo rossoneri con el de Alfa Romeo y asumen que Kakha Kaladze es el nombre de un político israelí.
Para comprender mejor la realidad de la escuadra milanista, bastaría con echar un vistazo a las imágenes de la reciente presentación de Ibrahimovic. En estas se aprecia a plenitud esa tendencia humana a eternizar los sentimientos, y no porque nos guste fotografiarlo todo (que también), sino porque en la mayoría de los casos la nostalgia nos puede más que la esperanza. La escena de Boban, Maldini y Zlatan representa a la perfección lo que es el Milan contemporáneo: un club con una enfermiza inclinación a evocar constantemente el pasado, en lugar de planificar el futuro sin renunciar al sueño de regresar algún día. Las sonrisas de los protagonistas, además de servir como paraguas contra el diluvio que cae sobre Milanello, constituyen un mecanismo manipulador dirigido hacia la memoria sentimental del hincha rojinegro, cansado este de mirar atrás, tragar tanta tierra en el desierto y confundir cada oasis con el paraíso.
No hay forma de creer que el fichaje del sueco trotamundos llene a alguien de esperanzas más allá de algún niño con el YouTube incorporado. Cuesta trabajo entender cómo un señor de 38 años con el síndrome de Peter Pan sea quien sostenga el gatillo de un proyecto revitalizador mientras los verdaderos aspirantes a salvar Nunca Jamás (Leão, Piątek e incluso el olvidado Cutrone) estén condenados a ser mascotas, precisamente el rol que declinó el propio Zlatan nada más aterrizar. A pesar de que el deber de los seguidores siempre ha sido transmitir el sentimiento, sobre todo quienes alguna vez vivieron su nirvana particular en forma de siete copas de Europa, a este paso será muy difícil que dentro de veinte años aún exista en la patria de San Siro una fuerte legión de valientes en espera de un verdadero renacer. Si dicho milagro sucede, entonces el fútbol no habrá perdido su condición de acto sagrado y tendríamos que considerar la fe de los hombres como la causa fundamental por la cual Dios eligió este planeta para montar su civilización.
Seguramente los años nos hayan hecho aceptar que la decadencia de un equipo histórico es una expresión más de su grandeza. Quizás por esa razón los clubes como el Milan se vuelven eternos, porque sus fracasos nos sirven para percatarnos de cuánto les extrañamos en realidad.