Bartomeu intenta colgarse la medalla antes de empezar la función; no sea que por una de esas casualidades de la vida el Barça gane algo y recupere además las señas y el idioma de su fútbol de posición.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Mi abuelo solía hacerme generalmente las mismas preguntas: ¿Cuál fue la nota de tu última prueba? ¿Cuántas novias tienes? ¿Qué dinero hay en tu billetera ahora mismo? Él, un simple bodeguero que sobrevivió a las dos Cubas sin necesidad de acogerse a la indecencia, siempre le dio mucha importancia a todo lo contable a pesar de ser un tipo muy sentimental. Últimamente lo recuerdo más que nunca pues en el fútbol actual se estila utilizar, salvando las distancias, su mismo cuestionario. El FC Barcelona de estos tiempos, a diferencia de su propia versión pretérita más reciente, es el fiel ejemplo de esa simple matemática bodeguera aplicada al más alto nivel futbolístico. El barcelonismo moderno no es un taller de poesía sino una clase común de contabilidad. Así como en otros lares, en el Camp Nou ya se habla más de goles, asistencias, puntos, Copas de Europa y Balones de Oro que de sensaciones, educación, cultura o valores.
Mejor no nos engañemos. En la reciente destitución de Ernesto Valverde, y posterior elección de Quique Setién como inquilino del banquillo culé, no existe ni una pizca de intención por parte de Josep María Bartomeu, su ejecutor, de rescatar el ADN del mejor Barça de siempre. Su discurso sobre el estilo posee un marcado ventajismo, evidenciado a través de una verdad irrefutable: si Don Barto hubiese querido cruyffismo como sostiene en su proclama, el Txingurri no habría sido entrenador por tanto tiempo. El catalán, un guiñol disfrazado de presidente, intenta colgarse la medalla antes de empezar la función; no sea que por una de esas casualidades de la vida el Barça gane algo y recupere además las señas y el idioma de su fútbol de posición. Lo gracioso del asunto es que de no haber sido anulado el gol a Piqué, muy probablemente fuese Valverde aún el entrenador indiscutido de Josep (no confundir con Pep, por favor). Cosas de bodegueros.
Lo cierto es que sin querer quizás le haya salido un gran plan a Bartomeu con el fichaje de Setién. Y todo por accidente, o porque Xavi o los demás se negaron a venir. Su caso me recuerda al de Salman, un humilde pescador omaní, quien halló hace unos años el vómito de una ballena que flotaba sobre el agua. Resulta que la sustancia pestilente es muy preciada en la industria de los perfumes y así fue como vendió los 75 kilogramos que logró salvar a 35 000 euros cada uno, para de esa forma volverse millonario. Como bien le podría suceder al hábil de Barto. Sí, porque a todas luces Quique Setién ahora mismo está flotando inerte como aquella secreción de ballena; pero si a finales de curso el santanderino lograra ganar la Champions con sus ideas, el gramo de cruyffismo se dispararía nuevamente hasta las nubes y Josep María lograría su idílica ascensión al cielo blaugrana.
El fútbol tiene esas cosas. Quizás si mi abuelo lo hubiese entendido, su interés por el mismo habría sido mayor. A fin de cuentas algunos, como Bartomeu, manejan un club como él hacía con su bodega. Aunque aparentemente lo único que le importe al personal sean las cuenta de fin de mes, el presi culé pudiese morir como mi abuelo: sin saber la diferencia entre aprender en lugar de sacar buenas notas; enamorarse más allá de experimentar unas cuantas relaciones amorosas; o a sentirse pleno en el trabajo, por encima de todo el oro del mundo. Por el bien del barcelonismo, a Bartomeu convendría quitarle su calculadora.