Memorias de la EURO I
Hoy con: Glauber García Lara
Aquel radio VEF me tenía hasta la coronilla, después que mi viejo en un ataque de ira le tiró un recto de derecha tras escuchar atónito cómo un novato llamado Yulieski Gourriel le sonara el tercer hit de la tarde al mismísimo Contreras. El pobre artefacto ruso no sintonizaba la onda corta de ninguna manera. En apenas dos horas comenzaba otra jornada de la EURO 2004 y el bendito ICRT con su misterio habitual no anunciaba si la transmitiría o no, mientras yo seguía ahí, fajado con el dial.
Para colmo, a eso del mediodía del 19 de junio en mi barrio sobrevino un apagón, en ese momento cogí color de “encabronamiento”. Por suerte me llamó Enriquito: “¿Que hay, no vas a ver el partido?”, escuché decir a la voz salvadora al otro lado del teléfono. Le expliqué mi situación y se apiadó de mí. “Echa para acá, ya dijeron que lo iban a poner, muévete que esta al empezar”.
Creo que recorrí los casi cinco kilómetros en bicicleta hasta la casa de mi amigo a ritmo Tour de France, llegué casi con el silbato inicial, y agradezco eternamente esa llamada porque pude ver uno de los mejores juegos que recuerdo.
90 MINUTOS PARA LA HISTORIA
En el césped del Municipal de Aveiro estaban de un lado los holandeses dirigidos por Dick Advocaat, del otro unos checos bajo el mando de Karel Bruckner. Por aquellos tiempos la selección naranja era mucho más reconocible para el público general. Edwin van der Sar, Jaap Stam, Edgar Davids, Clarence Seedorf, Ruud van Nistelrooy y un joven aún con cabello llamado Arjen Robben eran las figuras principales. Sin embargo los de la República Checa lanzarían esa tarde su candidatura como aspirantes al título continental.
Los primeros compases del encuentro anunciaban lo que sería un clásico de hemeroteca, ninguno se guardó nada. Las ocasiones se repartían en los dos arcos y fueron los tulipanes con un cabezazo de Patrick Bouma a pelota quieta los primeros en marcar al minuto cuatro.
Apenas un cuarto de hora después, fue Van Nistelrooy, el potente ariete holandés, el que amplió diferencias en una jugada combinada con Davids y Robben; parecía que el intercambio de golpes iba a terminar del lado tulipán, pero los checos aún tenían mucho que decir.
La respuesta de los centroeuropeos no tardó. Corría el 23 y Milan Baros galopó y chocó con media defensa holandesa hasta pasarle el balón al gigantón Koller, que perforó sin miramientos la valla rival para dar oxígeno a los suyos. Con ese score llegaron al descanso.
La reanudación fue una oda al fútbol ofensivo, con ambas selecciones ajenas a cualquier especulación. Los disparos iban y venían de todas partes, crujieron postes y hubo atajadas sublimes, de foto. En total fueron más de 20 entre los tres palos. Al final Baros y Smicer sobre la hora culminaron la remontada. Así la República Checa garantizó los tres puntos, el pase a cuartos de final y Enriquito, yo y el mundo entero nos preguntamos “¿Es ese el mejor equipo de Europa?”.
THE DARK HORSES

Karel Bruckner armó un grupo de lujo que tuvo su génesis ocho años antes en la Eurocopa inglesa. Allí sorpresivamente llegaron a la final y estuvieron a unos 20 minutos de igualar la hazaña que en 1976 Panenka y compañía inmortalizaron al levantar el título continental ante Alemania en una tanda de penales histórica. En Wembley solo Bierhoff y el Gol de Oro truncaron el sueño. La revancha llegaría en tierras lusas.
La versión 2004 de la República Checa estaba diseñada para atacar a partir del talento brutal que poblaba su medio campo en un esquema 4-4-2, el cual ubicaba a los volantes tanto en línea como en rombo, de acuerdo a la propuesta rival.
Con Galasek como especialista en la recuperación y salida del balón, la magia dependía de los botines de Thomas Rosicky, un 10 de clase mundial a quien acompañaba Karel Poborsky a veces como extremo derecho o interior. Este era un tipo que te hacía un descosido en dos segundos y medio metro, podía desaparecer por largo tiempo, pero cuando se enchufaba rompía caderas a placer y sacaba los colores al más pinto de los defensas.
Además estaba Pevel Nedved. La Furia Checa llegó a la cita portuguesa con el cartel de mejor mediocampista del planeta y flamante Balón de Oro, estrella de la Juventus, capitán dentro y fuera del campo.
Nedved corría los 90 minutos, era la versión 2.0 de Lothar Matthäus, incluso con más regate. Recuperaba, desbordaba por banda, pasaba bien y su potencia con ambas piernas la pueden comprobar en cualquier compilación de Youtube. En el 2004 era casi imparable.
Por si fuera poco la pareja de atacantes encajaba perfectamente en el modelo 4-4-2 reinante en la época. Koller con sus más de dos metros era una fuerza imponente en el área y el juego por arriba, mientras Baros llegaba desde la segunda línea con no menos potencia y capacidad goleadora.
Atrás un joven, Petr Cech ya era considerado uno de los mejores arqueros, y la defensa tenía a sujetos duros y competentes. Los nombres de Grygera, Jankulovski y Ujfalusi quizás no estaban a la altura de los Stam, Ferdinand, Nesta y Thuram en el Viejo Continente, pero eran reconocidos por todos y repito, duros, bien duros.
En el banco de suplentes aguardaban sus minutos Smicer, Marek Heinz y Rozenhal, entre otros. Siempre listos y con la calidad suficiente para resolver los partidos. Tanto era así que después de despachar a los holandeses y ya clasificados a la próxima ronda, fue el banquillo checo el encargado de tomar venganza de la final en 1996 y eliminar en fase de grupo a la poderosa Alemania, que después del fiasco decidió reestructurar su sistema nacional de fútbol hasta llegar a lo que conocemos hoy.
DE CASI TOCAR EL CIELO AL INFIERNO

Después de los triunfos frente a Holanda y Alemania el paso perfecto se completó en el Grupo de la Muerte, que tenía como invitado presencial a Letonia.
En cuartos tocaba Dinamarca y se solventó en goleada de 3-0 con un gol de Koller y par de anotaciones a la cuenta de Baros, líder del certamen. Las semifinales asomaron con Portugal contra Holanda en un camino y los checos ante los inesperados griegos en el otro. No había quinielas que los excluyera de la final. El fútbol, un córner al primer palo, Dellas y la realidad demostraron lo contrario.
Grecia en el 2004 fue un hito para los helénicos y un desastre para el fútbol. En apenas un mes retrasaron la gloria española, se cargaron a Francia, destrozaron dos veces los sueños de la sede y destruyeron la mejor generación checa de los últimos 40 años. Una salvajada dirían los herederos del Olimpo. Un desastre, digo yo.
Dellas y su cabezazo histórico sepultaron a los de Bruckner a las puertas de la final. Con mucho mejor equipo que el de 1996 quedaron un paso atrás, pero el Mundial 2006 estaba cerca para demostrar que sí estaban a la altura de los más grandes.
Lo que muchos pudieron pensar fue un accidente, jamás cicatrizó en la psiquis de la selección checa. En Alemania fueron sorprendidos por una joven Ghana y quedaron eliminados en la fase de grupos cuando muchos los imaginaron disputando puestos de alcurnia, una lástima.
El fracaso a nivel de selección nacional se trasladó increíblemente al plano personal, y desde Nedved hasta Rosicky y Baros todos bajaron sus prestaciones profesionales, a pesar de jugar la mayoría en los mejores clubes de Europa.
A día de hoy, la República Checa jamás regresó a la Copa del Mundo y su paso por las Euros ha sido anecdótico, lo peor es que la versión actual no augura mejores pronósticos. Por mi parte tendré a ese grupo de 2004 como uno de los más talentosos sobre un campo de fútbol, aunque el VEF ya sea difunto y yo no espere más la llamada de un amigo salvador en medio de un apagón.