Tal vez como Liverpool es una ciudad con tanta historia musical, Klopp se contagió definitivamente. Puede que esta Premier la haya compuesto en su cabeza hace mucho tiempo y ahora solo busque interpretarla a la perfección, sin apenas una mala nota en sus compases.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Hasta el momento no ha sido descubierta la fórmula exacta para ganar partidos de fútbol. Tampoco atajo, tecla o combinación de números. Una de las grandes revelaciones del juego descansa en la aceptación de esta simple verdad: un equipo no elije cómo gana sino cómo compite; porque sencillamente competir es una causa y ganar, la consecuencia, y nunca al revés. A lo largo de la historia han existido clubes con un aura de invencibles tan palpable que han hecho temblar los cimientos de dicho adagio. El Liverpool de Jürgen Klopp se nos muestra a diario cual legítimo descendiente de ese linaje y representa de manera sublime el único y verdadero significado del deporte como religión.
No se trata solo de cuestiones tácticas sino también de cuestiones de honor. Entrega, sacrificio, esfuerzo, intensidad o valentía. Anteponer los intereses grupales a los individuales. Correr como esclavos en busca de la libertad y jurar que nadie será más rápido en el intento. Valores todos innegociables del manual “kloppiano”. Comprenderlo a plenitud quizás haya permitido descubrir a este grupo de futbolistas su particular cáliz de la vida eterna. Es tan brutal la manera de competir del Liverpool de estos tiempos que ganar hasta parece una elección. Quizás por eso últimamente lo hace casi siempre. Valdría recordarlo ahora que se encuentra en ese lugar privilegiado en el cual han estado muchos a lo largo de la historia, justo antes de que pierda dos o tres partidos en algún momento.
Lo más admirable de los Reds modernos es su voluntad para seguir compitiendo cada día con la ilusión intacta, aún con el City de Guardiola a “tropecientos” puntos de distancia. Quizás cuando dosificar sería incluso lo más lógico a estas alturas, Klopp está decidido a no ceder un solo átomo de sudor, ni siquiera una milésima de punto en la tabla de clasificación. Parece un asesino a quien le han encargado una víctima varias veces y nunca ha podido perpetrarla. Ahora se empeña en meter cada día un poco más el puñal, de no fallar nuevamente en su cita con la gloria. Esa es su única lógica, su propósito divino como entrenador para todos los tiempos.
Jürgen lo sabe de sobra: el peor rival que los seres humanos suelen enfrentar cuando están en la cima con tanta diferencia es a sí mismos. A Michael Jordan debió sucederle cuando sintió el vacío y dejó el baloncesto, también a Bolt mientras volaba tan solo hacia la meta, o a Phelps con más nada que agua delante de sus narices. El deseo de Klopp es que no le ocurra a su Liverpool, un equipo superior al que ya no le quedan rivales a batir más allá de la historia. La supremacía mostrada por los de Anfield durante el presente curso hace lucir a la Premier como un peluche, y además nos insta a preguntarnos de dónde sacan los Mané, Salah y compañía la motivación y humildad necesarias para seguir soñando como el primer día. Parece fácil pero no lo es.
Dicen que Charlie Parker se convirtió en Bird justo en el instante en que Jo Jones lanzó a sus pies aquel platillo debido a una mala nota del saxofonista. Cuentan también que el músico nacido en Kansas jamás volvió a desafinar con su instrumento en un solo compás luego de aquel icónico momento. Tal vez como Liverpool es una ciudad con tanta historia musical, Klopp se contagió definitivamente. Puede que esta Premier la haya compuesto en su cabeza hace mucho tiempo y ahora solo busque interpretarla a la perfección, sin apenas una mala nota en sus compases. Es muy probable que Jürgen, así como sucedió con Bird, se convirtió sin siquiera darnos cuenta en uno de los más grandes genios de la humanidad. Lástima que no estemos en los 50s y que ya muy pocos consideren al fútbol como un arte.