FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Señor Onel Hernández:
Primero que todo desearía sincerarme ante usted en torno a una cuestión: tengo un grave problema con la cubanía. He intentado hasta lo imposible por corregirlo pero no he logrado nunca resultados positivos al respecto. No sé si alguna vez, dada su condición de emigrante, sintió como yo, que no pertenecía a cierto lugar. Ya sé que es bastante triste pero qué le voy a hacer. Podría resumirlo en que no me enorgullezco de lo cubano por el simple hecho de ser cubano. Y eso incluye la bandera, el congrí y hasta Gente de Zona. Ni siquiera me siento orgulloso del éxito de los nacidos en esta tierra. Por ejemplo, jamás he tenido la sensación de que usted me representa. Además, me gustaría aclararle que tampoco es mi tipo preferido de futbolista. Me inclino más por los jugadores con visión y conocimiento del juego que por los encaradores que desequilibran. Créame, realmente lo siento. Se lo digo para que no piense ni por un segundo que este es uno de los tantos textos que le han hecho últimamente para halagarle.
En realidad le escribo porque me llama poderosamente la atención que no se sepa nada de usted hace un tiempo considerable. Ni recuerdo cuándo fue la última vez que vi una noticia suya, un post, un tweet o lo que sea. Eso me sorprende muchísimo, y me preocupa además. Por un lado, porque hubo un momento en el cual de Onel Hernández era de lo único que se hablaba en la Isla. Y por otro porque nunca vi a nadie como usted con tantos portavoces no oficiales. En aquellos días era muy fácil enterarse de una buena nueva suya; prácticamente se lo dividían en pedazos todos aquellos que siempre han proclamado a gritos la necesidad de un equipo nacional unificado. Supuse que lo hacían porque se sentían más cubanos que yo, más patriotas o nacionalistas. Su impacto me hizo creer que su persona elevaba espontáneamente el nivel de cubanía, las dosis de patriotismo y el orgullo nacional. De alguna forma me sentí como una mierda de persona al no ser parte del movimiento. Pero de pronto todo ha desaparecido, y usted sigue jugando en la Premier asiduamente. Lo sé porque he creado la manía de googlear los partidos del Norwich. Entonces, intento averiguar qué sucede, por qué ya no hace tan felices a los cubanos como antes.
Onel, yo creo que le engañaron. Y no hablo de los federativos, ni de los entrenadores, ni del oficialismo en general; sino de esa subclase de aprovechados que utilizaron su nombre para elevar los suyos. Hablo de esos que se autodenominan periodistas, activistas, grupistas, youtubers, influencers y demás sarta de títulos ilegítimos. En realidad no me refiero a todos pero sí a la mayoría. La cuestión es que no entiendo por qué ya no hablan de usted, cuál es la razón por la cual dejó de ser comidilla. Intuyo que el motivo descansa en que está ocupando el banquillo de los Canaries con frecuencia; pero a la vez me pregunto si cada partido suyo, sea titular o suplente, acaso no representa igualmente una gran noticia para nuestro país. Debería entender, señor Hernández, que usted es víctima de una meritocracia mezquina a cargo de algunos infames. Discúlpelos, Onel, no saben hacer otra cosa. Son como los tiburones para la sangre. O mejor, como las prostitutas para el dinero. Usted y los demás legionarios han representado su millonario particular, su gran oportunidad en la vida para trascender.
Estoy seguro que ya lo ha comprobado. Sus éxitos se los reparten en trozos iguales, les pertenecen a ellos también. Cuando marcaba goles, o daba algún pase a sus compañeros para que los hicieran, contactaban a su madre o a su hermana para tener la primicia. Ahora que para ellos no es más que un simple suplente de un equipo abocado al descenso, ya no constituye un palo periodístico tan grande. Sus fracasos los ha tenido que tragar en soledad, si es que sentarse en el banquillo de un club de primer nivel para un cubano sea tal cosa. Porque me imagino, Onel, que se sienta muy solo, ahora que le han abandonado. Quizás hasta se sienta liberado. Ojalá. Me pregunto nuevamente si ya no es una razón «tan suficiente» como para sentirse orgulloso de un paisano. Me lo cuestiono tantas veces debido a mi problema. Porque recuerde, soy un pésimo compatriota. ¿Qué carajo voy a saber yo de cubanía?
Si alguna vez le interesaron estas milongas, no se preocupe. En cuanto vuelva a mojar o a batir algún registro de los que tanto gustan entre sus anunciadores, usted reaparecerá en todos esos espacios instantáneamente; le mencionarán siempre en plan «yo lo dije primero» o «fue a mí a quien llamó». Quizás lo pueda comprobar cuando, si por fin se logra el milagro, pise por primera vez el terreno del Marrero. En ese momento no sabremos si la noticia es usted o ellos. Titularán sus entrevistas con un yoísmo vil y manipulador. Le utilizarán para formar ruido y producir likes, a fin de cuentas es lo único que interesa. Sí Onel, usted no les interesa. Hace dos años ni conocían de usted. Es más, renegaban de su existencia. Respeto el deseo que siente de representar a su país, pero recuerde siempre que no les necesita. Ellos son los que necesitan de usted.
Lo demás no debería interesarle. Elija ser un joven digno y sepa apreciar la utilidad de la virtud, porque como bien dijo Félix Varela, el hombre que nos enseñó a pensar: «Los jóvenes son la dulce esperanza de la patria, pues no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad».
Mi carta es inconclusa porque el final lo pone usted.
Atentamente, un cubano más. Ni menos.