La mayoría de lo que leo, veo o escucho en relación con el fútbol me llevan a sentirme al igual que Robinson, solo en una isla; me hace dudar de que algunos seres humanos no estén realmente dentro de unas cápsulas con tubos instalados como en The Matrix.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Por estos días libro mi particular batalla contra ciertos demonios que me acechan. Son criaturas terrenales, de carne, hueso, ideas y sentimientos. No importa mucho la situación en la cual me encuentre, el resultado siempre termina siendo el mismo: unas ganas terribles de mudarme a la Antártida a vivir en un iglú o al Amazonas en una tienda de campaña. La mayoría de lo que leo, veo o escucho en relación con el fútbol me llevan a sentirme al igual que Robinson, solo en una isla; me hace dudar de que algunos seres humanos no estén realmente dentro de unas cápsulas con tubos instalados como en The Matrix. La guerra del bufandismo, llevada a cabo por la caverna mediática de Madrid, representa el punto más alto del periodismo de manipulación, desaparece cada día lo poco de civilizado que le queda a este deporte y de paso, con el poder de arrastre que tiene entre la plebe, nos demuestra una vieja y simple verdad: la mente es el único lugar en donde el hombre se siente del todo libre pero a la vez constituye su peor prisión.
El último episodio surrealista del cual he sido testigo (sin contar aquellos en los que se consideraba al Madrid de Zidane como un equipo de autor, a Hazard como el Garrincha del Siglo XXI y a Vinicíus como uno de los mejores cinco fútbolistas del planeta) lo viví durante la retransmisión del partido más reciente del Manchester City de Guardiola frente al Tottenham de Mourinho. Corría el minuto 55 y en medio del repaso futbolístico al cual eran sometidos los Spurs desde el inicio, se escuchó la voz del comentarista (quien hasta ese momento apenas había emitido criterio alguno sobre lo que sucedía en el juego) para descubrirnos un defecto sobre el City de Pep; después de casi una hora de dominio abrumador sin respuesta rival, de un aluvión de pases, desbordes, llegadas y remates, de una sinfonía sin apenas desajustes en sus compaces. Recordé a Salieri en ese momento, tan pendiente de un detalle, por muy insignificante que fuera, para desprestigiar a Mozart. Fue mi error suponer la desaparición de la clase primitiva que quedó luego de la edad de piedra de Mourinho en Madrid.
Lo peor de toda esta realidad es el doble rasero utilizado habitualmente. Defender los mil y un dibujos tácticos puestos en práctica por Zidane como una virtud, a la par de catalogar como fracaso estrepitoso de Setién el hecho de renunciar a su línea de tres centrales en su cuarto partido al frente del Barça, por ejemplo. O también el cambio de discurso promovido cuando es el Madrid quien termina jugando con muchos pases, como contra el Valencia en la Supercopa, en contraposición con las críticas al mismo estilo coral que Quique pretende rescatar para la causa culé. Y ni hablar de esa vieja táctica cavernaria de minimizar el cruyffismo y ensalzar la figura de Messi como la única causa del éxito blaugrana, justo hasta que se comienza a comparar al argentino con Cristiano; ahí ya no es tan salvador ni Mesías sino un pecho frío que solo le hace goles al Éibar, al Valladolid o al Villarreal.
Deberíamos entender este fenómeno desde la perspectiva de un sistema socio político, en el cual también coexisten cinco poderes: ejecutivo (jugadores y entrenadores), legislativo (dirigentes y federativos), judicial (árbitros), además de prensa e Internet (tal cuales). Y así como ocurre en cualquier sociedad común y corriente, en la futbolística estos dos últimos de igual modo poseen un efecto decisivo en el punto neurálgico: la conciencia de la gente. Quizás por eso mis amigos me tengan prohibidas las pláticas alrededor del tema, de la misma forma en que mi abuela fingía la muerte de su televisor ruso para evitarle un infarto a mi abuelo en los partidos de Vegueros. Lo triste de todo es que a pesar de que mi abuela siempre logró salirse con la suya, mi abuelo murió igualmente de un infarto.
Tendré entonces que hacerle caso a mis leales, leer más la prensa rosa, renunciar a la diatriba permanente o averiguar el precio de una tienda de campaña en Amazon. Imagino que tal cosa sea mucho más sencilla que leer un tutorial en lengua inuit o yupik de cómo se construye un iglú bien duradero.