Fernando Carlos era un futbolista de otra época y de todas las épocas a la misma vez. Considerado por algunos como el mejor mediocentro de los últimos 40 años, desbordaba elegancia y entrega sobre el césped. Decidía partidos incluso desde una posición retrasada en el campo y mandaba como pocos. Si tuviera que definirlo en una palabra diría Clase en toda su magnitud.
EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara
Víctor Hugo Morales enloquecía con aquellas paredes interminables en lo que yo lentamente me paraba del viejo taburete. La sucesión de pases en corto era rápida, casi imposible de seguir a simple vista. Diego clavó la pelota en el ángulo de la portería helénica y el gran relator gritaba: “¡Gooool, gooool, está vivo, está vivo…! y el 10, acordándose de un griego que solía hablar con humildad, esta vez dijo “de fútbol lo sé todo”.
En casa seguíamos maravillados cuando el capitán argentino descargaba toda su furia en un icónico close up. En ese momento le pregunto a mi hermano: “¿viste a ese tipo?”, a lo que me respondió que era el mejor y yo negando con la cabeza repliqué: “Maradona no, el 4, ¡qué bueno es!”. Fue la primera vez que vi a Redondo.
Fernando\n Carlos era un futbolista de otra época y de todas las épocas a la misma vez. Considerado por algunos como el mejor mediocentro de los últimos 40 años, desbordaba elegancia y entrega sobre el césped. Decidía partidos incluso desde una posición retrasada en el campo y mandaba como pocos. Si tuviera que definirlo en una palabra diría Clase en toda su magnitud.
El mítico volante argentino es una rara avis en el puesto del 5, alto, técnico, físico, inteligente… La velocidad estaba en su cabeza pues entendía el futbol a nivel casi atómico. Siempre ocupaba el espacio correcto. Para aquellos que no lo vieron jugar, imaginen un híbrido entre el mejor Busquets y Casemiro, pero zurdo, aristocrático; con esa hipnosis que provocan aquellos que dominan la pierna difícil.
No marcaba muchos goles, los fabricaba, y de paso, recuperaba más balones que todos, siempre erguido en la conducción y el corte. Cuando alguien tuvo la idea de empezar a contabilizar el fútbol, aparecía todos los años entre los mejores en asistencias y recuperaciones.
Daba igual si jugaba aislado en la bomba central o acompañado en doble pivote, los rivales sabían que la salida desde atrás pasaba por sus botines. Pocas veces hacía pases en largo, traspasaba líneas a base de toques cortos y superando rivales en el uno contra uno, escondía la pelota, la hacía invisible.
No era un box to box como lo conocemos hoy. Tampoco un especialista defensivo o un mediapunta atrasado. A su forma, era único en su posición, que la dominaba desde su cerebro, más futbolista que atleta. Ya lo dije antes, una rara avis, así que es mejor no encasillarlo ni compararlo.

Su fuerte personalidad lo hizo líder en cuanto vestuario estuvo, y ganador. Fue miembro de la última generación que logró algo para la Argentina, pese a su truncado recorrido con la albiceleste. El choque con Pasarella por el corte de cabello es una de esas tramas surrealistas que suelen protagonizar los entrenadores de la selección gaucha. En Madrid lo sufrieron, primero cuando defendía los colores del Tenerife y después lo veneraron; al punto de hacerlo capitán e incluirlo en su mejor once histórico, honor que también le hicieron en la selección argentina.
Pieza clave en la segunda etapa dorada merengue tras tres décadas de sequía al máximo nivel continental. Libró batallas épicas en la medular contra tipos del calibre de Edgar Davids, Roy Keane o Stephan Effenberg. Lo que jugó en la Champions League 99-00 es para ver una y otra vez. Su taco-túnel-autopase-asistencia en Old Trafford aparece en cuanta recopilación de mejores jugadas de la historia usted puede ver en Youtube. En Manchester no gusta tanto, por supuesto. Esa temporada hasta fue el Mejor Jugador de la UEFA. Un mediocentro sin gol. Sí. Para aquellos que hoy dicen que no hay futbol más allá del gol.
Después se fue al Milán pero las lesiones acabaron prematuramente una carrera que daba para más. Demasiado desgaste había soportado ya. Al final el físico no acompañó la calidad y elegancia del nacido en Buenos Aires. Lo recuerdo siempre como uno de los mejores futbolistas que vi. ¡Qué me importa que no perforara redes! Dominaba los partidos a su manera.
Si alguien describió casi de manera perfecta su impacto en el juego fue Luis Omar Tapia en la final de Saint Denis ante Valencia que supuso la octava orejona blanca. En medio del compromiso decisivo, con el Madrid acechando al equipo che, el narrador soltó una perla para la historia: “Redondo se está adueñando del mediocampo, si la sigue pisando la va a gastar”, ahí supe que la suerte estaba echada.