Erling renuncia a dejar de ser un niño y se divierte de lo lindo con cada gol. En un gesto casi instintivo, el noruego abre los brazos en su celebración, como si fuera una mariposa gigante que aletea. Es su manera de demostrar que se siente libre.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
La escena se repite una y otra vez en las salas de prensa del mundo futbolístico. Es prácticamente una eucaristía para fieles, un déjà vu cansino, el kitsch más repetido de estos tiempos, un estribillo de música urbana talla extra cursi. «Siempre soñé con vestir esta camiseta» representa el peaje más barato para llegar a la sonrisa del hincha, es una especie de contraseña hackeada, una combinación de teclas en el mando de la Play.
La redundante sentencia la utilizan por igual cracks mundiales que municipales; da lo mismo Bale que Deyverson, Coutinho que Augustin. Existen quienes incluso le dan besitos al escudo y se les escapa por ahí alguna lagrimita. Y no hay una molécula de pudor en dicho acto. A varios les tiembla el pulso a la hora de dominar la pelota vestidos de corto con su nueva camiseta; pero nunca durante el gran momento de la presentación, mientras sueltan el obligado parlamento delante de la audiencia. A menudo ritual ya nos hemos acostumbrado, pobre el mortal que renuncie al mismo.
Confieso que en algún momento llegué a perder la esperanza de ver a alguien romper la tradición. Hasta que de pronto, un día cualquiera de enero, un joven noruego de 19 años irrumpió en la élite mundial sin apenas discurso. Durante su puesta en escena con Die Schwarzgelben (Los Negriamarillos) del Dortmund, Erling Haaland decidió acabar con la liturgia y saltarse el protocolo establecido.
Como soy muy malo para esto de las cifras, me quedaré con que el juvenil atacante, además de quebrar algunos récords de precocidad según los estadistas, nos demostró que para un futbolista no existe una sala de prensa como la cancha ni mejor micrófono que el balón. Durante su presentación, unos días antes del suceso, el imberbe nórdico no besó ningún escudo, tampoco derramó lágrima alguna. En lugar de repetir la misma rutina de varios compañeros de profesión, el nacido en Leeds solo prometió aprender alemán y anotar más goles, entre otras ocurrencias de adolescente.
Hasta ese preciso instante en que completó su hattrick al Aubsburg no nos dimos cuenta de que Erling es distinto. No nos bastó con su exuberante performance en la fase de grupos de la presente Champions. Ni siquiera la bestialidad de marcar nueve goles en un partido de Copa del Mundo Sub-20 fue suficiente. El Borussia Dortmund, experto en esto del low cost, consiguió sin apenas agobio la firma del diamante de casi dos metros de altura. No fue la negociación más difícil, no estaban en la misma el Madrid, el Barça o algún representante de la aristocracia europea.

Los atributos de Haaland solo fueron apreciados verdaderamente en Westfalia, algo que deberíamos agradecer vistos el pobre rendimiento y las escasas oportunidades brindadas a los más jóvenes en los clubes de alcurnia. Luka Jovic, uno de los más prometedores, dijo esta semana no reconocerse a sí mismo mientras visiona videos suyos en Youtube. El serbio es uno de los tantos que besó el escudo y afirmó haber cumplido su sueño de niño cuando se enfundó la blanca. Y hasta ahí llegó su idilio con el nylon de las redes.
Puede que Erling Haaland siga el camino del joven jugador del Madrid y más temprano que tarde termine fichando por un club de más tronío. Si tal cosa sucediera, ojalá el actual delantero del Dortmund no tuviera que soltar alguna lagrimita, besar unos colores o hablar de sus sueños. Es probable que en ese momento deje de ser distinto y se estanque en su crecimiento. Porque a los chicos talentosos, como Jovic o Haaland, les supera aquello de pertenecer a algo con tanto partidismo y ataduras.
Quizás ese sea el secreto: mientras Luka intenta encontrar en Internet la respuesta a por qué decidió convertirse tan pronto en un hombre, Erling renuncia a dejar de ser un niño y se divierte de lo lindo. En un gesto casi instintivo, el noruego abre los brazos en su celebración, como si fuera una mariposa gigante que aletea. Esa es su manera de demostrar que se siente libre. Seguramente Haaland, con cada gol marcado, provoca un temblor en los despachos de los clubes más poderosos por aquello de la teoría del caos. Ya saben, el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami en otro lado del mundo.