Dejen que los niños se acerquen a mí

Quizás el fútbol ya no vuelva nunca más de ese viaje que emprendió un buen día en dirección contraria a los sentimientos.

FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro

Desde pequeño poseo una fuerte percepción del fútbol como deporte barato por excelencia. Crecí con el cuento de las cuatro piedras y un balón. Mi padre lo repitió tantas veces como creyó necesario hasta convertirlo en convicción. Y sí, puede que haya mucho de verdad en tal razonamiento. El fútbol es el juego más globalizado del mundo; tanto jugador africano, por ejemplo, demuestra lo accesible de su práctica. La simpleza en su eslabón básico formativo nos ha transmitido desde siempre unos valores significativos de austeridad ausentes en otras realidades, además de una sensación abrumadora de fenómeno totalmente inclusivo. Pero una cosa es su desarrollo a escalas más simples y otra bien distinta en lo que se ha convertido con el tiempo su puesta en escena a niveles top. O mejor dicho, en lo que lo ha convertido. Sí, porque este producto, constituido a su vez en emporio, tiene muchos hijos pero un solo padre: Míster Money.

Esta semana trascendió un escándalo en Inglaterra que traspasa las fronteras de lo abominable. Una investigación del Daily Telegraph arrojó unas cifras estremecedoras respecto a un ritual que se ha hecho común en cualquier estadio del planeta. La entrañable imagen de los niños que acompañan a sus ídolos futbolísticos desde el túnel de vestuarios hasta el césped cotiza muy alto en la Premier League. Cualquiera se sonrojaría, el dato es tan abrumador como vergonzoso: algunos clubes pueden llegar a cobrar a los padres hasta 700 libras (829 euros) para que sus retoños aparezcan en el famoso paseíllo. Dicha rutina, muy extendida entre los equipos, aunque no unánime, habría supuesto un ingreso total para los implicados de alrededor de medio millón de libras en la última temporada. Vamos, el fútbol como una ceremonia indecente, algo sagrado en su punto más alto de ignominia.

Esta mancha en el expediente de varios clubes de la liga inglesa, modélica como pocas en sus formas, no debería pasar desapercibida para los entes rectores de la competición. Lo más deshonroso de tal obscenidad no es precisamente la intención de algunos de hacer su propio agosto, que también, sino la conspiración de los progenitores para maleducar a sus chicos y mostrarles desde pequeños una triste verdad: el dinero puede comprarlo todo, hasta un paseo de la mano con Salah, Kane o De Bruyne. A estas cotas el fútbol no parece aquello que con tanta dedicación me inculcó mi padre. Es probable que haya estado equivocado toda su vida y no sean suficientes las cuatro piedras y el balón. Quizás este deporte ya no vuelva nunca más de ese viaje que emprendió un buen día en dirección contraria a los sentimientos. Puede que, incluso, los mercaderes promotores del oprobio piensen que Jesucristo fue un retrógrado al no pedir a sus apóstoles 800 euros cuando soltó la frase que titula este artículo. Cualquier cosa es posible en este mundo de hoy.

Deja un comentario