Ramos y la leyenda del «Falso 4»

Soltar un titular tipo «Ganamos a huevos» garantiza público y reproducciones, es carnada para fanáticos. Pero una cosa es la épica y otra bien distinta la confianza que ofrece la superioridad de las ideas y conceptos trabajados a la hora de enfrentar una situación o resultado adverso.

EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara

Rudy es uno de los filmes deportivos forjados en la memoria del público a lágrima viva. Confieso que se me escapan los sollozos cada vez que veo como Sean Astin sale al emparrillado de Notre Dame y la grada corea su nombre. Una vez que taclea al mariscal de Georgia Tech y sus compañeros lo cargan en hombros mientras pasan los créditos, tengo que hacer un esfuerzo bárbaro para contener la emoción en forma de llanto, no lo puedo evitar. Llámenme blando, no me importa. El sentimiento es tan real como la historia del pequeño jugador de fútbol americano.

Si bien el esfuerzo y la dedicación de Daniel “Rudy” Ruettiger fueron dignos de llevarlos al cine, a su vez también confieso que aborrezco los tópicos comunes en el mundo del deporte, especialmente esos que evocan bravuconerías disfrazadas de épica: “¡Ahí viene Juantorena, con el corazón!”, “¡Vamos a dejar la piel en el terreno!”, “¡El Atleti gana a cojones!”, “Pecho frío”, “El minuto NoventayRamos”… Podría enumerar miles de estas frases. Todas repletas de sensiblería barata. Es un hit parade del pop periodístico, y vende, por supuesto que vende.

Por favor, no me malinterpreten, el corazón me late a mil, tengo sangre; pero no es lo mismo la remontada del Liverpool al Milan en Estambul que la vista en la versión Klopp al Barça. Tampoco es igual el resurgir alemán ante Francia en la prórroga de España ’82, que el gol de Gotze para bordar la cuarta estrella en la chamarreta teutona. Hay diferencias. Una cosa es la épica y otra la confianza que ofrece la superioridad de las ideas y conceptos trabajados a la hora de enfrentar una situación o resultado adverso. Me explico.

El último fin de semana escuché por la radio cؚómo los narradores que trasmitían el partido Real Madrid vs Celta de Vigo alababan a Sergio Ramos en el minuto 30, por su forma de jugar casi de delantero centro, cuando su equipo caía 0-1 ante la visita. Lo que decían del central merengue era para no creer: “¡Ahí va el Cid!”, “Ramos y su corazón espolean a todo el Bernabéu” y “con cada partido crece más y más la leyenda del Falso 4”. En fin, un concierto de despropósitos.

Para aquellos que solo entienden el fútbol y el deporte a través del resultado podría parecer lógica y emocionante la descripción de los relatores. Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que con cada subida el defensor dejaba a sus compañeros expuestos atrás, el equipo perdía balance defensivo, daba mejores oportunidades de contragolpe a sus rivales y de paso desnudaba la falta de disciplina táctica y concentración que debe tener un once del calibre que representa contra un colista, a falta de 60 minutos para el pitido final.

Si bien en un trance del juego el Madrid igualó y remontó, jamás tuvo el control de la situación, al final vino el empate precisamente con el «Falso 4» fuera de posición; y es que, señores, al más alto nivel la desorganización se paga tarde o temprano. No hay nada más caótico que la épica sin sentido.

Sé que saltarán algunos calificándome como un hater del capitán blanco, craso error. Este comentario no es una crítica al camero, a quien considero una leyenda viviente, un tipo al que siempre me gustaría tener en el vestuario, un líder y ganador nato. Ya lo dijo Valdano: “Ramos entra a un locker room y camina como si hubiera inventado el fútbol”.

Fue esa seguridad y esos deseos los mismos que le permitieron aquel cabezazo mítico en Lisboa, primer clavo en el ataúd de las esperanzas colchoneras. Pero noten la diferencia, aquel partido el Real lo trabajó, lo fue madurando, tuvo paciencia y llegó la recompensa. Lo del Celta no se parece en nada, no obstante el fanático resultadista repite lo que le gusta oír, ese es mi punto.

Si usted ve a Courtois subir a rematar un saque de esquina en el añadido contra Valencia, o a Luis Suárez poner las manos para evitar un gol de Ghana a segundos de ir a los penales en cuartos de final de una Copa del Mundo, eso no es épica, no es corazón; es la implementación del último recurso, tal como hizo Fede Valverde en la final de la Supercopa al ganarse la roja.

Todos son válidos, por supuesto que sí, pero por favor no repita que son producto de un rapto de coraje, de hecho demuestran más concentración y sangre fría que arrojo. Solo que soltar un titular tipo «Ganamos a huevos» garantiza público y reproducciones, es carnada para fanáticos.

No se confundan más. El fútbol no es un deporte de 11 contra 11 donde siempre ganan los alemanes, sino que casi siempre los teutones trabajan más y mejor que el resto. Fue Mohammad Ali quien expresó: “La pelea se gana o se pierde lejos de testigos, tras las cortinas, en el gimnasio y en la carretera, mucho antes de que me ponga a bailar bajo las luces del ring”, y vayan a contarle a The Greatest sobre épica.

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