El hecho de que Julian aún no haya cumplido los 33 años y ya esté siendo tomado como ejemplo, podría hacernos entender su verdadera magnitud. Su carrera marcha a un ritmo tan vertiginoso que resulta imposible adivinar cuándo chocará con su techo.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Fue Tim Wiese, otrora portero y actual luchador profesional, quien una vez bautizó a Julian Nagelsmann como Baby Mou. Fue a mediados del año 2014 y el joven entrenador alemán acababa de ganar con el filial del Hoffenheim la máxima competición sub-19 de Alemania, llamada A-Junioren Bundesliga. Seguramente su precocidad, la fuerza con la cual irrumpió en el fútbol formativo teutón, sus éxitos prematuros y un carácter forjado desde la intransigencia de su ideario, hicieron que nadie se asombrara ante tan atrevida sentencia. En aquel entonces, incluso para los que nunca consideramos a José Mourinho como un referente, la comparación hubiera sido un halago. A fin de cuentas el técnico portugués siempre representó el prototipo de hombre rebelde y triunfador, una mezcla altamente valorada por el gran público a lo largo de la historia.
Pero luego del sometimiento al cual infligió el Leipzig al Tottenham durante la semana, el piropo del ex arquero del Werder Bremen podría considerarse hasta una ofensa. Es más, vistos el rendimiento y las maneras de competir de unos y otros, sería más sensato y justo catalogar al nacido en Setúbal como Old Julian. En estos momentos comparar a Mourinho con Nagelsmann sería faltarle el respeto al alemán, algo así como no saber distinguir entre un hueso de dinosaurio y un smart phone. Si alguna vez hubo un indicio de contrastar ambas carreras respecto a las formas de cada cual, en el nuevo estadio de los Spurs se vieron claramente las diferencias de conceptos existentes entre ambos. Aquellos que quizás sostengan las ausencias de Kane y Son como pretextos para tan senil y mísero planteamiento, a lo mejor no se enteran todavía de que el Leipzig no compitió con Pelé o Maradona en su once.

Eso es precisamente lo que confirma la ascensión de Nagelsmann al éter futbolístico europeo y mundial: su atrevida propuesta por un fútbol futurista sin tener en cuenta la categoría de su plantilla y mucho menos la de sus rivales. En Londres insistió sin tapujos con su idea de jugar con un solo central: Ampadu, quien por cierto tiene apenas 19 años. A sus costados, Klostermann y Halstenberg, carrileros profundos de toda la vida, sacaron la pelota dominada toda la noche sin un mínimo temor a superar líneas mediante el pase o la conducción. Sabitzer, otro de los reconfigurados, formó en un doble pivote frente a un equipo de Mourinho en un partido de Champions; nada desdeñable teniendo en cuenta que el austríaco es un extremo. El resto de jóvenes (Laimer, Mukiele, Angeliño, Nkunku, Werner y Schick) controlaron el juego como maestros, crearon superioridad en todas las fases y nunca renunciaron a sus propios principios de fijar, atraer y dividir.
El resto de noticias relevantes de la gran noche londinense para Die Roten Bullen se completó en Munich durante el partido entre Bayern y Paderborn, correspondiente a la fecha 23 de la Bundesliga. Hans-Dieter Flick, técnico bávaro, salió con un dibujo idéntico y jugadores muy parecidos en sus funciones a los utilizados por Nagelsmann dos días atrás. Lo curioso del asunto es que fue el mismo planteo con el cual Julian se arriesgó a visitar el Allianz. A simple vista la alternativa de Flick no pareció casualidad sino causalidad; su elección por Kimmich, Alaba y Lucas en la línea defensiva para enfrentar al colista fue la mejor manera de homenajear de manera tácita a su gran rival en la disputa por la liga. Pocas veces se vio un gesto tan espontáneo e inmediato. El hecho de que Julian aún no haya cumplido los 33 años y ya esté siendo tomado como ejemplo, podría hacernos entender su verdadera magnitud. La carrera del nacido en Landsberg am Lech marcha a un ritmo tan vertiginoso que resulta imposible adivinar cuándo chocará con su techo.

Lo que ha logrado Nagelsmann no solo es admirable por su corta edad sino por alejarse de facilismos y fórmulas comunes. Darnos cuenta todos de que estamos ante un genio ya no depende de él, tampoco de que gane o pierda, mucho menos de que llegue al Barça o al Madrid con todo ese nivel de exigencia. Ahí quizás esté el secreto de convertirse en una leyenda mundial o quedarse en la categoría de promesa malograda. Y eso sí está en manos de Julian: determinar si desea ser exigido ridículamente a ganar siempre o continuar con su progreso en una simple ciudad al este de Alemania. Ya eligió muy bien una vez. Solo espero que siga tomando la decisión correcta.