Los que solo miran, dirán que el Barça gana únicamente por Messi. Los que además de mirar, aprecian, estarán seguros de que la pelota pone a todos en su lugar. Y si no, que se lo pregunten a Bartomeu.
Hoy con: Magol Alejandro
La pelota nunca miente
En el Camp Nou se presagiaba una tarde terrible, de esas que hacen mella y época, como en los tiempos de Núñez o Gaspart. La masa culé, enardecida hasta los tuétanos y con pintura de guerra en el rostro, ya había encendido las hogueras. Un chirrido atemorizante de cuchillos, espadas y lanzas retumbaba en los oídos de la directiva azulgrana. Pero comenzó el partido y el ruido ensordecedor dio paso al sonido del balón. Tac, tac, tac… un toque tras otro, al ritmo que a muchos desespera, desde Ter Stegen hasta Griezmann.
De pronto los lugareños guardaron las armas, apagaron el fuego y se convirtieron en feligreses: Messi acababa de componer su enésima sinfonía en forma de caño. Desde ese momento hasta el final tanto cambiaron las ofensas por aplausos que a Braithwaite le recibieron como si fuera Romário. Los que solo miran, dirán que el Barça gana únicamente por Messi. Los que además de mirar, aprecian, estarán seguros de que la pelota pone a todos en su lugar. Y si no, que se lo pregunten a Bartomeu.
Marjanovic para el área
Consumado el petardazo del Real Madrid en el Ciudad de Valencia, las hordas del madridismo facilista comenzaron nuevamente con la jerigonza de la falta de gol merengue. Desde la marcha de Cristiano Ronaldo a Italia, toda tertulia en donde esté inmiscuido un madridista desemboca en la misma conclusión: el Madrid le extraña. Para la parroquia blanca, tan preocupada desde siempre por entender el fútbol desde una perspectiva estadística, no existe análisis alguno capaz de demostrar que hay vida más allá del portugués.

Quien haya seguido a este equipo con una calculadora en la mano, seguramente repita como zombie las letanías de MisterChip. Quien haya interpretado de manera profunda las señales, quizás ya llegó a una conclusión: el equipo de Zidane necesita un delantero estilo Crouch; puede que solo así resulte válido algún día el plan zidanesco de hacer llover centros al área. Y como Peter está retirado, probablemente la solución pase porque Doncic convenza a Marjanovic, el gigante de 2,24 metros que comparte vestuario con el esloveno en los Mavericks, a que se venga a vivir a España para bajar balones, aunque sea con un swiffer en la mano.
Rodrygo y la ropa del Clásico
Como Zidane no necesita a Rodrygo para cumplir con su plan de juego, el chaval se mudó circunstancialmente al Castilla de Raúl. Allí, en el Di Stéfano, jugó de nuevo, volvió al menos a sentir el olor de la hierba. Y así como sucediera con su compatriota Vinicíus la temporada pasada, el ex del Santos vivió su particular calvario. La Segunda División B no es precisamente un paraíso para chicos por los que se paga un pastizal. Lo peor para el paulista es que al fútbol se juega de muchas maneras totalmente lícitas. Una de estas la interpretó Xabi Irureta, arquero experimentado del Sanse, quien solo tuvo que encararse con la perla madridista para provocar su expulsión.

Realmente no sabría precisar con exactitud qué crimen es más condenable: si pagar 45 millones por una promesa mundial y ponerlo a jugar una pachanga o no buscarle un psicólogo acorde para semejante tarea. Seguramente en Chamartín suceda lo mismo al intentar determinar quién es el máximo culpable de que se pierda el Clásico. Hace apenas unos meses Rodrygo era Pelé y Braithwaite era solo Martin. Ironías del destino. El próximo domingo ninguno tendrá que lavar el uniforme: el brasileño porque no se vestirá de corto y el danés porque lo prometió luego de abrazar a Messi. Hay mucha diferencia en eso, aunque Leo lo siga llamando Martin.