A punto de entrar en el ocaso de su carrera, el heredero de Hierro es uno de los pocos jugadores capaces de convertir la felicidad en tragedia, y viceversa.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
Si a Sergio Ramos le pidiésemos durante 100 días seguidos que se calificase a sí mismo con una sola palabra, quizá ninguna de las respuestas coincidiría. En todas estuviese presente esa extraña forma de proyectar su propia imagen a la que nos tiene acostumbrados y claro, posiblemente todo se resumiría en un hecho trascendental: lo primero que le venga a la cabeza. Porque en Ramos parecen coexistir tantos personajes distintos como tatuajes posee en su cuerpo. Difícilmente el mundo del fútbol haya visto a alguien con más personalidades que el andaluz. Para que se entienda, Sergio es como Kevin Wendell Crumb, el célebre protagonista de Split, un tipo con trastorno de identidad disociativo. Al igual que sucede en el filme de M. Night Shyamalan, en la mente del sevillano cada una de sus formas se sienta en diferentes sillas dentro de una habitación y espera su turno para salir a la luz.
Así como el psicótico Kevin, interpretado magistralmente por James McAvoy, quien se debate entre Barry, Dennis, Hedwig, Patricia o La Bestia hasta 23 identidades distintas, a sus casi 34 años, Ramos posee la increíble capacidad de hacernos olvidar cuál es el verdadero Ramos. Desde su debut con la camiseta blanca, el capitán del Madrid ha acumulado en igual proporción heroicidades y meteduras de pata. El nacido en Camas es capaz de liderar al peor vestuario jamás conocido con una autoridad total a la par que suelta disparates por doquier con la idiotez de un niño inocente y mientras, de vez en cuando, se convierte en un ser fantástico que vuela por encima de las cabezas y conquista copas de Europa. Debido a sus múltiples facetas es muy probable que el mismo Sergio ya ni se reconozca a sí mismo y le cueste recordar al joven paleto, salido de un pequeño pueblo de Andalucía, quien llegó hace 15 años a Madrid con una mochila a cuestas llena de ilusión.

Seguramente al central merengue ya ni le interese evocar a aquel imberbe melenudo y en su lugar se recree cada día con las imágenes de su documental, cortesía de Amazon, el cual muestra a un Ramos diferente al del lejano 31 de agosto de 2005, fecha en que se consumó su llegada a Chamartín. Durante la semana en curso, y más aún cuando se confirmó la ausencia del 4 merengue por segundo año consecutivo en el partido de vuelta de octavos de la Champions, algunos recordamos el citado audiovisual; no por su calidad cinematográfica sino por aquellas vergonzosas imágenes del camero en su palco tuneado el día de la debacle frente al Ajax luego de forzar una amarilla en Ámsterdam. Cuando Orsato mostró la roja al sevillano frente al City me vinieron a la cabeza sus palabras en la previa: «Llega la semana decisiva y aquí es donde se ve realmente a los tíos. A los niños hay que dejarlos a un lado».

Consumado también el récord de más expulsiones en la historia de la Copa de Europa, Sergio siguió a la suyo y no se cortó un pelo al apostillar: «Cabeza y corazón ya en el Clásico». Los fieles blancos, tan acostumbrados al cancherismo, aplaudieron la arenga pero acto seguido se pusieron a pensar en el domingo. Sí, porque Messi visita el Bernabéu y probablemente muchos hayan comprendido que no basta con ser gamberro para parar al argentino. Ojalá y por el bien del Bernabéu, Ramos sea uno de esos. A punto de entrar en el ocaso de su carrera, el heredero de Hierro es uno de los pocos jugadores capaces de convertir la felicidad en tragedia, y viceversa. De ahí que no se conozca a un futbolista que siendo tan villano se le considere tan héroe. ¿O es al revés? Ya ni sé. Ramos tampoco lo debe saber. A fin de cuentas Sergio se ha alejado tanto de casa que apenas recuerda si es defensa, delantero, cantaor o modista. Incluso no descarto que al mirarse en el espejo cada mañana se alegre de ver en el reflejo su versión de Marcatoon.
