Sarabia for president

Lo peor para el futuro del Barcelona es que el aficionado culé parece confundido y apenas se percata de las divergencias existentes. Porque es imposible sostener las tres cosas al mismo tiempo: rescatar el cruyffismo, ganar partidos y mantener contentos a Piqué, Messi y compañía.

FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro

Las imágenes de Eder Sarabia durante el Clásico del pasado domingo se convirtieron enseguida en comidilla mediática. La intensidad con la cual se quejó del proceder de muchos futbolistas culés en ciertos pasajes del partido ha dividido las opiniones: para unos, el ayudante de Quique Setién es un hereje; para otros, un tipo pasional que vive el fútbol de la forma más aguda posible. En una realidad tan histriónica y manipulada como la de este deporte, repleto de tipos que se tapan la boca hasta para pedir una botella de agua y donde es más importante ser cauteloso que sincero, la secuencia de Sarabia en el banquillo del Bernabéu fue vista por casi todos como una aberración, un pecado mortal que ha obligado incluso a Setién a pedir disculpas públicamente. Visto el alboroto cabría preguntarse si es para tanto o al menos, si las reacciones de Eder no son totalmente normales, si difieren mucho de las del clásico profesor de ajedrez desesperado que ve como su pupilo no respeta la estrategia prevista en una partida importante.

El impacto generado por la noticia nos confirmó una gran sospecha: la mayoría de la gran audiencia considera a los futbolistas como dioses. La masiva oposición a los métodos de Sarabia, demostrada de sobra a lo largo de la semana, eleva esta percepción a niveles sagrados. Ya se ha filtrado a través de la prensa la poca aceptación que poseen las ideas del nuevo cuerpo técnico en la zona noble de la plantilla blaugrana, como también el rechazo total al mensaje del binomio formado por Quique y Eder, siempre con la denuncia incluida de que “esto con Valverde no sucedía”. Incluso hay quienes señalan esta causa como la justificante por la cual echaron al citado dúo del Villamarín. Los tiempos presentes recuerdan sin duda a los de Louis Van Gaal, cuando Rivaldo iba con su Balón de Oro bajo el brazo a exigirle al holandés la posición en la cual jugaría. La falta de humildad y los vicios de la actual plantilla hacen que nos preguntemos cada día si el Barça caerá en una espiral tan negativa como en la época final de Núñez o la era Gaspart.

Lo peor para el futuro del Barcelona es que el aficionado culé parece confundido y apenas se percata de las divergencias existentes. Porque es imposible sostener las tres cosas al mismo tiempo: rescatar el cruyffismo, ganar partidos y mantener contentos a Piqué, Messi y compañía. El club azulgrana se encuentra en una de esas disyuntivas con condicionantes; si se da esto no se da aquello, si se da aquello no se da lo otro, y así sucesivamente. Mientras Quique y Eder se desviven para recuperar los valores históricos de la marca Barça, los futbolistas se empeñan a diario en mantener su status quo a toda costa. Al grueso del vestuario, constituido por varias vedettes del fútbol mundial, parece imposible exigirle siquiera dónde posicionarse sobre el campo. Y claro, luego vienen los tropiezos pero falta objetividad para determinar dónde está el verdadero problema. Lo curioso del asunto es que los críticos de Sarabia por su obcecada intención de ser interventor, son los mismos admiradores desde la distancia del City o el Liverpool, obviando a la vez que ambos equipos tienen sendos Sarabias como entrenadores.

Aún admitiendo que la solución pasa por hacer una limpia total o, como mínimo, cambiar ciertas costumbres viciadas, descanonizar a los pesos pesados e inculcarles nuevamente la cultura del trabajo, para los responsables del área deportiva resulta algo quimérico luchar contra el resultadismo instalado en el ambiente barcelonista. Para colmo en los últimos días el diario Sport, portavoz oficioso del vestidor blaugrana, deslizó una vez más que el sueño messiánico de fichar a Neymar continúa latente. Dar ese paso sería admitir la sumisión definitiva ante un plantel con infinito poder. Y no parece Bartomeu alguien con la personalidad suficiente para negarle a “Su Santidad” Lionel el fichaje de su amigo Ney. Quizá por esa razón, Eder Sarabia no se tapó la boca, para dejar claras su voluntad de educar y su inconformidad ante lo que considera un ultraje al “Més que un club”. A pesar de sus formas poco ortodoxas, cabría preguntarse si un tipo con el carácter y la pasión del ayudante de Setién no sería el indicado para ser presidente del Barça. A veces un par de palabrotas y un puñetazo encima de la mesa no vienen nada mal.

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