Legionarios o mercenarios, según desde dónde se mire

Pretender que con el llamado de los futbolistas que juegan fuera de Cuba lavaremos nuestra imagen, resulta consuelo de tontos. Ni siquiera es la punta de un iceberg amenazante, en el camino de un Titanic en forma de caimán, que ya se hunde con todos a bordo.

EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara

No quería escribir sobre el tema porque lo que siento es asco, vergüenza ajena, qué sé yo. Cada vez que aparecen en la misma oración Asociación de Fútbol de Cuba (AFC), INDER y futbolistas cubanos que juegan fuera de la nación me amenaza un vómito quemante. Mi cuerpo toma color de “encabronamiento”, me sube la presión. En pocas palabras, me molesto en serio, para no decir exactamente el adjetivo que define mi sentir. No obstante intentaré ser lo más profesional posible, vamos a ponernos conceptuales, por el libro.

Define la Real Academia de la Lengua Española (RAE) al legionario como el sujeto “(…) perteneciente o relativo a la legión. En los ejércitos modernos, soldado de algún cuerpo de los que tienen nombre de legión. Soldado que servía en una legión romana”. Por otra parte, reza el organismo rector del castellano que mercenario es un “(…) soldado o una tropa, que por estipendio sirve a un poder extranjero. Persona que desempeña por otra un empleo o servicio por el salario que le da”.

Si nos atenemos a la definición pura y dura entonces no existe otra conclusión. El INDER, instituto que organiza y controla todo lo relativo al deporte cubano, califica como mercenarios a todos aquellos futbolistas que abandonaron delegaciones nacionales y hoy prestan servicios en otros países. Son traidores o enemigos, según su obtusa forma de analizar la realidad, y no pueden representar al país que los vio nacer. Punto final.

Utilizo estas acepciones de corte militar porque está de moda llamar “legionarios” concretamente a los jugadores de fútbol cubano que hoy participan en otras ligas del mundo. No tengo idea sobre a quién se le ocurrió el término; por cierto, bien alejado de su significado, pero pegó, qué le vamos a hacer.

Quizá sea por la lucha interna que vive aquel que emigra, difícil, alejado de la familia y la cultura en la que se formó. En eso sí se compara a la ardua vida militar de un legionario. Por lo demás no veo mucha diferencia entre lo que experimenta fuera de Cuba un futbolista, pelotero, médico, soldador o cocinero, todos pasan por problemas y barreras similares.

Pero regresemos al tema principal, que es la negativa por parte de la AFC de convocar a los jugadores que abandonaron delegaciones cubanas. Según la institución esto no admite discusión, es lo que está estipulado en el reglamento del INDER.

Aún sin ofrecer una lista de posibles convocados o explicar el procedimiento que va a seguir la Comisión Nacional de Fútbol (CNF), sí porque en Cuba hay dos organizaciones para dirigir este deporte, dejaron en claro algo: aquel que quiera vestir el uniforme nacional tiene que repatriarse y cambiar su estatus migratorio. Este es otro término de armas tomar.

Vuelvo a la RAE que define repatriar como “devolver algo o alguien a su patria”. No dice nada sobre obligar, querer, exigir o siquiera elegir. Para las autoridades del deporte antillano no hay atenuantes, colores intermedios o negociación posible. Es su ley y quien no la acate irá a corte marcial, si logran meterle la mano.

En fin, que para representar a Cuba hay que cumplir dos requisitos, primero no abandonar comitivas oficiales, y segundo si alguien reside en otra nación tiene que cambiar su estatus migratorio.

Permítanme disentir rectores del fútbol y el deporte cubanos. Para representar a nuestro país solo se requiere talento en dependencia de la profesión y ser una persona de bien. Ni ustedes o las organizaciones que personifican tienen el derecho a determinar quién viste Cuba en su uniforme o defiende en su corazón.

Está claro que ostentan el poder de hacerlo, pero poder por decreto, sin capacidad de elección personal no es poder, es dictadura de criterios, fuerza mayor, ultraje al individuo.

Opino con sinceridad que el retorno de los “legionarios” no es la solución primordial para el fútbol cubano, el tema tiene muchas aristas, da para 100 artículos. Pienso y aseguro que debemos partir desde la economía interna. Tenemos que hablar sin máscaras, desterrar la hipocresía y los hipócritas en lugar de engrosar listas de desterrados; construir, no separar. Si de verdad aspiramos a que nuestro fútbol, deporte y sociedad sean respetados, es hora de comenzar a respetarnos a todos por igual.

En mis años de reportero fui testigo presencial de humillaciones directas e indirectas. Vi en distintas academias de provincias descongelar carne de res para ofrecerla a comisionados y federativos nacionales en fastuosos almuerzos; mientras los árbitros, atletas y entrenadores tragaban una jamonada oscura de dudosa procedencia previo a un partido.

Compartí en Ciego de Ávila el baño a cubos sacados con soga desde una cisterna con atletas de equipo nacional, en tanto los mandamases del más universal en Cuba descansaban a piernas sueltas en algún hotel designado, aire acondicionado incluido.

Los nombres todos los conocemos: Luis Hernández, Antonio Garcés, Oliet Rodríguez, Clemente Reinoso y otros que desfilaron por la pirámide del poder, viven del fútbol y no para el fútbol, al menos hace tiempo es así. Lo peor es que ocurre en la mayoría de las disciplinas. Estos tipos tienen más cuños en su pasaporte que artistas renombrados, para ellos no hay limitaciones, son los que más se esfuerzan, y además señalan, promueven culpas ajenas y dan o siguen órdenes con el simple objetivo de mantenerse en la cresta de la ola.

Varias veces asistí a reuniones donde cínicamente afirmaron que los jugadores de hoy disfrutan de mayores comodidades que sus similares del pasado; pero se sacrifican menos y no saben apreciar las bondades de un sistema atlético, que les ha dado todo. Menudo descaro.

Si realmente el país donde nacimos pertenece al pueblo, nunca entendí por qué las finanzas de las empresas y organismos estatales no son de dominio público, solo así sabríamos adónde va a parar la financiación de la FIFA. Según ellos, la mayor parte se usa en ómnibus Yutong y una larga lista de ridiculeces.

La calidad de los terrenos sabemos cómo anda, los estadios menos malos casi siempre los acondicionan gente que de verdad respira fútbol, personas que no disfrutan las “bondades”, que lo hacen porque sí. Hay equipos como Pinar del Río que a estas alturas no tienen instalaciones adecuadas para disputar un evento nacional.

Si vamos a un juego de niños en cualquier categoría y hablamos con los padres, nos dirán que sacaron dinero de su bolsillo para comprar tacos, balones, espinilleras, medias, pagar trasporte y hasta la merienda. Sin embargo, estoy casi convencido de que algún conocido de nuestros impolutos dirigentes, tenga o no que ver con el deporte, jamás gastó un centavo en esos menesteres.

Igual todo esto tiene una causa visible, repetida, fácil de identificar: el bloqueo, ese agujero negro que absorbe todo a su paso. Son el embargo y los traidores, los motivos de nuestra decadencia. Al menos eso nos dicen los surfistas del poder.

En mi análisis particular, imagino que esos elementos prefieren que todo siga así, en espiral descendente, es la mejor manera de justificar falencias profesionales y éticas. Si por alguna casualidad logramos algún éxito, aunque sea menor, tampoco dudarán en apropiarse del crédito ajeno, seguro un alto porcentaje de los triunfos tendrán que ver con la acertada estrategia planificada.

¿Soluciones a corto plazo? Sinceramente no las veo claras. Tal vez con el tiempo sí, pero para ello hay que depurar el sistema, no solo el deportivo; cuando digo sistema me refiero a todo, desde el político hasta el social, hay que sacudir la mata. Cómo lo haremos es harina de otro costal, pero aseguro que con los actuales rectores la tarea se antoja hercúlea cuando menos.

Pretender que con el llamado de los futbolistas que juegan fuera de Cuba lavaremos nuestra imagen, resulta consuelo de tontos. Ni siquiera es la punta de un iceberg amenazante, en el camino de un Titanic en forma de caimán, que ya se hunde con todos a bordo, sean legionarios o mercenarios, según desde dónde se mire.

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