No debería existir tanta negación a aceptar la suerte como parte inherente de un torneo en el cual un simple resbalón del portero te puede clasificar a la siguiente ronda o mandar a casa.
FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro
La mejor decisión que podría tomar Diego Pablo Simeone justo ahora sería renunciar al Atlético. O mejor, retirarse como entrenador y dejarlo todo así. Aunque no lo reconozca, es probable que para sus dentros el Cholo se huela la improbabilidad de que ocurra nuevamente un fenómeno parecido siquiera al de Anfield. Como también estará seguro de que si se marcha hoy mismo, la humanidad le recordaría como uno de los mejores técnicos de siempre. Lo más llamativo del asunto es que sin haber alterado ni una pizca su propuesta, en apenas un año, el argentino ha conocido las dos caras del tremendismo futbolístico moderno, representadas a su vez en torno a la fina línea que separa el fracaso de Turín con el éxito de Liverpool. Aun cuando todos saben que el Atleti hizo el mismo partido desastroso de la temporada pasada, muy pocos se atreven a cuestionarlo. Así de extremas son las costumbres facilistas de estos tiempos.
El problema no está en que Simeone no sepa argumentar delante de los medios lo sucedido en Anfield, sino en la imposibilidad para explicárselo a sus jugadores o a sí mismo. A expensas de conocer su mensaje al vestuario luego de ganarle al campeón de Europa, o cómo preparará a su equipo en el futuro para repetir la heroicidad, me asombraría que el discurso de las madres y los huevos de sus futbolistas todavía sea el único recurso aclaratorio. A pesar de la sumisión a sus preceptos por parte de la plantilla rojiblanca, a estas alturas los cuentos del «sentimiento» o «el saber sufrir» sonarían ridículos incluso para los creyentes del «cojonismo» como secreto sagrado del fútbol. Durante la rueda de prensa posterior al gran evento, Cholo aumentó su colección de tópicos en un intento por justificar su azar. No debería existir tanta negación a aceptar la suerte como parte inherente de un torneo en el cual un simple resbalón del portero te puede clasificar a la siguiente ronda o mandar a casa.
Para el hincha promedio es muy difícil comprender la diferencia entre encontrar la suerte y salir a buscarla, debido principalmente a una vieja manía populista: poner el resultado por encima de todo y dejar el juego en un segundo plano. Aquellos que encuentran algo de extraordinario en eso de «estar ahí» para cuando se produzca un milagro, deberían preguntarse: ¿Acaso tiene mérito pescar una fiebre y no asistir al trabajo el día del atentado en el metro? ¿Es loable haber salido de la piscina para orinar justo en el instante en que cayó un rayo allí mismo? ¿Existe algo de admirable en el hecho de recibir un disparo de bala justo a la altura de la cuchara sopera guardada en un bolsillo de la camisa? ¿Sería posible considerar como tangible el éxito de Simeone cuando el Liverpool hizo uno de los mejores partidos de la era Klopp?
Cada vez que el Cholo tiene este tipo de revelación recuerdo una frase de José Saramago: “La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo, nunca es definitiva”. Quizá por eso la opción de llevarse el cholismo a otro lado, antes de que todos descubran que no es un estilo sino un estado de ánimo, sería inmejorable para su inventor. Cuando Simeone decida largarse del Metropolitano, seguramente quede un vacío de poder tan grande en la parroquia rojiblanca que se escuchará a menudo una expresión muy repetida a lo largo de la historia, sobre todo cuando se ha coincidido con algún grande de todos los tiempos: «Yo vi batear a Babe Ruth» o «Yo vi jugar a Pelé», por ejemplo.
En mi caso, siempre estaré agradecido por haber sido testigo de su Atleti; así nadie podrá nunca contarme la fábula correspondiente. Y claro, yo también repetiré la oración pero eso sí, en un tono distinto.