Bielsa y la cordura de estar loco

A Bielsa el fútbol le debe una oda, o como mínimo una Champions benéfica por indemnización a causa de no haberle entendido nunca.

FÚTBOL DISTINTO / La columna de Magol Alejandro

Existen en esta vida nuestra varios oficios ciertamente irrecomendables. En algunos casos, debido a lo difícil de sus prácticas, los ejecutores apenas encuentran competencia entre sus semejantes. Es el ejemplo de un anciano flacucho y encorvado llamado Andrés, el único reparador de fogones ambulante de mi pueblo. Mientras a su alrededor todos renuncian a sus profesiones con tal de sobrevivir, él continúa erre que erre encima de su bicicleta con su caja pesada de herramientas, prestigiando su noble función. Andrés ya ni pregona, todos en la ciudad saben de sobra que es el único fogonero a la redonda. Su historia me recuerda a la de Marcelo Bielsa, por dogmáticos e intransigentes ambos y por sus respectivas maneras de creer firmemente en una idea.

En algún momento de su vida, Oscar Wilde expresó aquello de: «Una idea que no es peligrosa no merece ser idea». Y Bielsa, al parecer, decidió tomarlo como oración de cabecera. Sus aventuras en la élite han tenido solo un punto en común: su doctrina como bandera. Porque hay mucho peligro en eso de imponer principios estrictos en plena era del divismo; en tiempos en los que se perdona siempre a la vedette del equipo, así haya escapado al cumple de la hermana o fingido una lesión para jugar al golf. Tiene enjundia el hecho de intentarlo al menos y luchar contra la cultura popular, a riesgo de ser enjuiciado por ese adagio del presidencialismo mercantil que tanto abunda en la aristocracia europea del balón: si perdemos tres partidos consecutivos estamos en la quiebra.

Quizá por esa razón, Marcelo nunca ha tenido un gran proyecto entre manos; entiéndase algún representante de alcurnia para aspirar a ganar una liga doméstica siquiera. Seguramente se considere una aberración entrenar tres veces al día con una intensidad extrema o saturar con sesiones de vídeo la mente del jugador en un intento por mejorar su toma de decisiones. Ahora se aprecia como una virtud ser un entrenador estéril, ese tipo que negocia hasta los esfuerzos de sus futbolistas a cambios de prebendas. Y claro, por eso al argentino le llaman loco, al igual que al viejo fogonero de mi pueblo o a los músicos del Titanic, quienes no dudaron ni un segundo en elegir la manera en que morirían. A Bielsa el fútbol le debe una oda, o como mínimo una Champions benéfica por indemnización a causa de no haberle entendido nunca.

Lo confieso: en estos días de incertidumbre he pensado tanto en la salud mundial como en el actual técnico del Leeds. Y es que en julio cumplirá 65 años y no sé si tenga nuevamente otra oportunidad como esta para demostrar su cordura. Porque con Bielsa sucede como con el tipo del cuento, aquel que manejaba peligrosamente en dirección opuesta por una autopista y al escuchar en la radio la advertencia exclamó: «Estos siempre están equivocados: ¡no es solo uno sino miles de locos los que conducen en sentido contrario!». Ver la vida desde otro punto de vista al resto debe ser una suerte. Ojalá algún día nos demos cuenta de que quienes estamos locos somos nosotros, le pidamos perdón y emprendamos la trayectoria correcta. O mejor, nos pongamos todos a arreglar fogones aunque nos pese la caja de herramientas encima de la bicicleta.

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