LAS COSAS DEL FÚTBOL / La columna de Lorenzo Martínez Gener
Qué verdadero aficionado al fútbol no sabe recitar un once de memoria o, al menos, un ataque mítico de su equipo del alma. ¡Y en la mayoría de los casos ni siquiera lo vio jugar!
Solo sabe, por boca de los veteranos, que aquella delantera es la mejor que se ha visto por sus predios y con eso le basta. Ese joven hincha repite una retahíla de nombres ajenos a sus recuerdos como quien entona una oración, lleno de orgullo por las hazañas de aquellos jugadores.
Y así debe ser. Porque el fútbol vive también del pasado. Uno no habla solo del Madrid, habla del Madrid de Di Stéfano o la Quinta del Buitre. En algunos casos es un once completo que ganó varios torneos y en otros, una delantera brillante que dominó a lo más notable de la época, aunque a veces no tuviera el deseado premio del título, como en el caso de los Stukas o los Cinco Magníficos.
En 1994 el fútbol se convirtió en soccer, dando paso a la Copa del Mundo en territorio estadounidense, donde Brasil e Italia se enfrentaron por el título en el Estadio Rose Bowl de Pasadena, en la ciudad de Los Ángeles. Tras empatar sin goles, tanto en el tiempo reglamentario como en la prórroga, ambos equipos se midieron en la primera final de un Mundial determinada en una tanda de penaltis.

En la escuadra sudamericana sobresalían dos nombres en el ataque, Bebeto – Romario, una dupla que enamoraría al planeta con sus gambetas y goles imposibles (anotaron entre los dos 8 de los 11 goles de su equipo), además de sus ocurrentes celebraciones con dedicatorias únicas. Una dupla que venía quebrando cinturas rivales desde los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 donde obtuvieron la medalla de plata y O Baixinho fue máximo goleador.
Esta yunta dominaría el futbol sudamericano a finales de los 80 y principios de los 90, alzándose con el cetro de la copa américa de 1989. A pesar de no contar con físicos de envergadura, con sus minúsculas estaturas (no sobrepasaban el 1.75 m) pusieron en evidencia a los exponentes defensivos de su época, sembrando el terror entre sus oponentes y enamorando a sus seguidores por todo el mundo.
Controvertidos por su conducta, fueron una pareja de inspiración, endiosado regate y poetas de goles inimaginables, fueron capaces de cautivar a todas las aficiones que contemplaron su juego y están considerados entre los más grandes delanteros de la historia de su país. Ambos lograron probarse en el viejo continente, en especial en la Liga de las Estrellas. El de Salvador de Bahía se consagró en la Coruña, donde en la actualidad todavía veneran sus goles y recuerdan como uno de los fundadores del Súper Dépor, siendo seleccionado como uno de los mejores jugadores de la historia del Deportivo.
Por su parte el carioca formó parte del Dream Team azulgrana de Johan Cruyff que cautivaría al mundo, dejándonos en nuestras retinas patentizada la cola de vaca; un sorprendente regate al defensa español Rafael Alkorta en el memorable gol que anotó en el Clásico español de 1993, tras un pase de Josep Guardiola, con el que batiría al guardameta Francisco Buyo en el histórico 5 a 0 sobre el Real Madrid en el estadio Camp Nou.
Confieso que el amor por este fascinante deporte me brotó el día que conocí a esta dupla única.