Resulta asombroso la enorme cantidad de exhibicionistas que, ajenos al pudor, inundan las publicaciones de fútbol. Cada día muestran su falta de atributos mentales sin remordimientos, nudómanos digitales, strippers de la opinión. Hoy se desvisten teóricamente por 50 goles y mañana basta un regate para que se quiten el brassier.
EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara
Hubo un tiempo en que Grecia fue el epicentro mundial, el imperio dominante. Ubicada entre Europa, África y Asia expandió su poderío militar y conquistó la mayor parte de la civilización conocida. Sintetizar el legado de los helénicos para la posteridad en cualquier esfera de la vida es de por sí extenso. Pero si algo aparece como tema recurrente, cada vez que nos referimos a sus logros, es la filosofía con todas sus corrientes.
Platón, Aristóteles, Sócrates y Demócrito, entre otros, elevaron el pensamiento a cotas inimaginables, y forjaron el camino para los que vinieron después. No obstante, incluso en su tiempo, existieron otros que disfrazados de grandes pensadores hicieron de las suyas con falsos preceptos, ganaron seguidores, fama, tergiversaron la verdad a su conveniencia y sacaron provecho de aquellos ciudadanos comunes carentes de sabiduría. A esos filósofos de dudosas ideas se les llamó sofistas.
Hoy el ciberespacio está lleno de ellos, los podemos observar cada día en las plataformas digitales. Les basta con sacrificar algo de tiempo y dinero, poseer conocimiento básico sobre un tema específico y eventualmente tendrán un grupo considerable de seguidores que repetirán como escolares primarios cada concepto de su “profeta digital”.
No hay que ser erudito, ni siquiera estudioso, da lo mismo que hablen de cocina, farmacia, autos o parchís. Una vez establecida la base de acólitos, no se detendrán. La tecnología actual les garantiza tierra fértil para engatusar a otros con menos sapiencia. El fútbol no escapa.
El problema con las redes sociales es que al parecer liberalizan sin ningún control el derecho a opinar, ofreciéndole a los sofistas modernos una herramienta legítima para esparcir su mensaje, que viaja con mayor rapidez que nunca y encuentra bien pronto a los nuevos receptores.

La frase manida seguro la vieron millones de veces: “Este es mi muro y aquí publico lo que me apetece”. Es un tópico común en Facebook, Twitter, Instagram, etc; pero pocos se detienen a pensar en la responsabilidad que implica hacer pública una opinión.
Existe la falsa creencia de valorizar por igual todas las opiniones y no es cierto. Hay algunas mejores que otras, con soluciones probadas, hechos incuestionables o verdades más verdaderas, permítanme redundar.
Esta de más decir que todo individuo puede y debe tener el derecho a expresarse como desee. Al mismo tiempo es un error mayúsculo suponer por ende que cada criterio tiene un valor similar. No funciona así. Sino yo pudiera opinar sobre física nuclear a la misma altura que un graduado con honores de la más prestigiosa universidad, y créanme que del asunto no tengo la mínima idea, me ocurre igual con la carpintería y otro sinnúmero de temas.
Nuestro derecho verdadero, más que el de opinar, según como lo veo yo, consiste en investigar, buscar argumentos, aprender, desmentir las falsas creencias, desterrar las verdades aparentes que por repetidas no las hacen más ciertas. De por si no es un derecho, es un deber moral y ético.

Desde mi punto de vista, exponer una opinión sin base es como revivir ese sueño común de caminar desnudo en plena calle, algo que me hace experimentar cierta inseguridad o el clásico miedo de andar desprotegido por la vida. En serio que la mera idea me provoca escalofríos. Tal vez por la misma razón me irrito cuando leo un torrente de criterios vacuos sobre determinado futbolista o atleta, sin importar el deporte que practique.
Con las redes sociales me ocurre parecido. Es como si facebook, por ejemplo, fuera la sociedad y lo que opino, mi casa. Donde vivo puedo despertar en pelotas, preparar un sabroso café y sentarme frente a la laptop a informarme de lo que sea a pierna suelta, con todo al aire, es mi mundo y a nadie le importa. Por cierto, bien relajante.
En cambio analizo a detalle cada post bajo mi nombre, intento publicar con algún sentido, ya sea material, espiritual o de ayuda para los demás; no importa lo haga en cueros, solo espero que tenga el mínimo valor.
Por eso me asombra la enorme cantidad de exhibicionistas que inundan las publicaciones de futbol, no sé cómo andan así, ajenos al pudor, son strippers de la opinión. Cada día muestran su falta de atributos mentales sin remordimientos, nudómanos digitales. Hoy se desvisten teóricamente por 50 goles y mañana basta un regate para que se quiten el brassier.
Resulta contraproducente analizar el fútbol a partir de las estadísticas, es un error descomunal. Peor aún es defender los números para afianzar una hipótesis, después desecharlos para hablar de magia, talento y así reforzar otra línea de pensamiento que parte solo del amor por el club amado.
Quizá a estas alturas muchos no entienden que no es lo mismo un pensamiento o debate particular que un post social en una plataforma cibernética. Cuando se publica pierde el sentido de privacidad, deja de ser una conversación entre amigos. A partir de ese punto solo está el nombre del autor, que ya es público y camina por la calle del escrutinio social. Si hay algunos que deciden mostrar las partes íntimas sin discreción es literalmente su problema.
Lo gracioso del caso consiste en que los grandes exhibicionistas son los miles de “eruditos” futboleros que pululan en Internet y no los sofistas de turno. A estos solo les interesa seguir publicando estadísticas, encuestas, regalar premios baratos y aprovechar como en los tiempos de las grandes ciudades-estados la falta de criterio del ciudadano común. Nada nuevo bajo el sol.