El fútbol es la finta de Pelé a Marzurkiewicz, los 14 pases de la Naranja Mecánica tras el pitazo inicial en la final del 74, la galopada de Maradona contra media Inglaterra o la cintura hecha pedazos de Boateng.
El Hincha/La columna de Glauber García Lara
Hoy resulta común abrir cualquier publicación deportiva y encontrar una tabla estadística que compara a dos futbolistas, sin importar épocas vemos como los números atacan la vista del lector. Fulano de tal: tantos goles, asistencias, títulos, promedio de efectividad. Ciclano, lo mismo. Al final la pregunta del millón: ¿Cuál es el mejor? Y ahí van los autómatas a votar, sin tapujos ni pudor, es tiempo de tontear; el análisis cuesta mucho trabajo, dicen algunos. Si el fútbol fuera béisbol tal vez la verdad caminara por esas rutas cifradas, pero lo cierto es que anda por veredas más intrincadas. De lo contrario no despertara tantas pasiones y sentimientos encontrados. Pongo a su disposición algunos ejemplos.
En Alemania tienen la dicha de blasonar de dos delanteros efectivos como pocos. Gerd Müller y Miroslav Klose poseen una Copa del Mundo en sus respectivas vitrinas. Ambos anotaron muchos goles en el evento cumbre, 16 el nacido en Polonia y 14 el “torpedo”, ranking uno y tres de todos los tiempos. Por si fuera poco, Müller también levantó tres Copas de Europa con el Bayern, consecutivas por demás, y superó la barrera de los 700 goles. Ninguno aparece en la discusión como el mejor futbolista de la historia, ni de cerca, de hecho tampoco eran los mejores jugadores de sus respectivas selecciones. ¿Por qué, si los números están a su favor?
Un tanto más al oeste de Europa tenemos a Francia, cuna de enormes futbolistas. En la tierra del amor y la fraternidad, Henry rige fácil como el número uno histórico si de perforar redes hablamos. Como sus colegas teutones a cada rato en el living de su mansión echa un vistazo al título del planeta. Seguro a su lado reposan los de la EURO, Champions y Premier League, este último invicto con el Arsenal. A pesar del volumen conquistado en París, Marsella, Lyon, Nantes y una larga lista de etcéteras, los franceses votan como ídolos a Zidane y Platini, sin importar el orden. De Fontaine apenas se acuerdan.
Frontera mediante, el “Guaje” Villa se cansó de hacer goles con la selección española. Campeón de todo, vital, siempre importante, pero en la tierra del castellano no aparece en ninguna lista del top 5. Allí la conversación anda entre Xavi, Iniesta, Raúl, Luis Suárez, incluso Di Stéfano que casi nada aportó a nivel de equipo nacional. Cruzando el Canal de la Mancha desembarcamos en Gran Bretaña, génesis de esta locura que amamos, y aparecen Ian Wright, Alan Shearer, Wayne Rooney y compañía, gestores de hazañas en su liga y fuera de ella, depredadores del gol, todos le rinden pleitesía a Sir Robert Charlton. Sin excepción.
Atravesamos el Atlántico y en Montevideo el Luis Suárez moderno nada puede hacer contra el legado de Varela, Ghiggia y la hazaña que silenció a Brasil hace ya 70 años. Puedo escribir tres tomos de casos similares y al final me asalta la misma interrogante. ¿Por qué no están considerados estos tipos acaparadores de números como los mejores del planeta o de sus equipos? No voy a ser literario en la respuesta. Simplemente porque no lo son. Algunos me tildarán de romántico, pero aclaro, vivo convencido de que en el fútbol como en todo deporte el fin es ganar, nadie compite únicamente por divertimento; pero entonces cabría cuestionarse si el punto está en ganar o ponerse en posición de ganar.

Los mejores jugadores y equipos de la historia son los que más herramientas tienen para llegar a ese punto, dependen menos del rival y encuentran más soluciones a los problemas propuestos. En la mayoría de las ocasiones resuelven, en otras no, por distintas razones que van desde sus propias incapacidades hasta las de sus compañeros, técnicos y la siempre voluble fortuna. Marcar en puerta contraria es mérito colectivo, por muy bueno que sea el goleador jamás anota por sí mismo, necesita del aporte de aquellos que comparten su camiseta, casi siempre el ariete gana portadas y partidos, en ocasiones también es el más importante dentro del once, no siempre.
Nadie tiene la fórmula secreta del éxito, no existe sin importar el mejor jogo bonito o catenaccio, es imposible asegurar el triunfo definitivo. La mejor variante es trabajar fuerte en grupo y potenciar el talento de cada cual y ni así habrá certeza de victoria. Es por eso que a veces el triunfo no garantiza la trascendencia. Hungría 1954, Holanda 1974, Brasil 1982, Puskas, Cruyff, Zico, Baggio y Messi son los máximos exponentes de que en ocasiones no es necesario llegar a la cima mortal para generar un legado inmortal.

El gol, ese grito orgásmico según Galeano, es el clímax, el momento de éxtasis, pero como todo buen orgasmo solo representa el final del camino, el cierre de la búsqueda. Jamás podré simplificar el fútbol como el momento en el cual la pelota cruza la línea de gol, es mucho más que eso. El fútbol es la finta de Pelé a Marzurkiewicz, los 14 pases de la Naranja Mecánica tras el pitazo inicial en la final del ’74, la galopada de Maradona contra media Inglaterra o la cintura hecha pedazos de Boateng.
En una de las tantas entrevistas monumentales que hizo James Lipton en el Actors Studio le pregunta a Dustin Hoffman: “¿Cuál consideras el momento cumbre de un actor?”, a lo que el laureado intérprete contesta: “Algunos pensarán que es el aplauso, el Oscar o la fama, no. Es el momento de la creación, como cuando un músico compone no es feliz al terminar la pieza, solo al encontrar la nota exacta, la que le faltaba para completar la obra, ahí, junto al piano, sin público, sabe que acertó, no hay mejor sentimiento, lo demás no importa”.