Situational awareness o el arte de entender el juego

TOQUE CORTO, la columna de José Eduardo Borrego Zaldívar

Según la omnisciente Wikipedia, la consciencia situacional (del inglés situational awareness) es una representación mental que existe cuando un individuo «sabe lo que ocurre para poder establecer lo que debe hacer» o de una manera incluso más sencilla, «aquello necesario para para no ser sorprendido». El individuo entiende todo el flujo informativo y ese conocimiento le permite reaccionar adecuadamente a la tarea a desempeñar.

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Los fracturados y el olvido

MEDIA VOLEA, la columna de Ernesto Amaya Esquivel

Ser atleta exige un sacrificio enorme que no siempre se traduce en resultados a largo plazo. Unas veces se llega a la cima, en otras quedas justo ante las puertas del éxito. El deporte termina dependiendo de tantos factores internos y externos que por momentos he llegado a creer que de verdad existe la suerte.

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Son solo unos niños

FÚTBOL DISTINTO

La columna de Magol Alejandro Valdés Téllez

Mi abuela solía justificar las trastadas de sus nietos a la menor de las posibilidades. No es que fuéramos precisamente unos gamberros pero tanta condescendencia siempre nos terminaba por confundir. Desde su primitiva concepción formativa nos educó sin proponérselo bajo los principios de la sobreprotección. Prácticamente perdí la cuenta de las veces que mis padres llegaban del trabajo ‘buscando culpables’ y nuestras maldades les eran ocultadas con la misma convicción con que el gato del vecino hacía lo propio con sus heces. Y si alguien dudaba de que había sido el viento quien rompiera el búcaro con flores de la sala, ahí salía ella con su cultura pueblerina a explicar una teoría sobre los alisios del norte. Cuando la mentira por casualidad era descubierta, suavizaba el momento con su clásico: «¡Pero qué vamos a hacer si son unos niños!»

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La angustia de los ídolos

TOQUE CORTO

La columna de José Eduardo Borrego Zaldívar

A veces la gente necesita héroes. Quizás la necesidad de alguna obra milagrosa lo genere o quizás la propia excepcionalidad de la circunstancia lo haga inevitable. Así ha pasado a lo largo de la historia, algunos han sido mitificado como leyendas, a otros sólo como valientes, y de otros solo queda su propia memoria y una medalla desgastada en su pecho.

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EL GENIO DEL SILBATO

LAS COSAS DEL FÚTBOL
La columna de Lorenzo Martínez Gener

Desde que tengo uso de razón el fútbol envuelve casi la totalidad de mis momentos más gratos. El romanticismo del juego de antaño fue erigiendo el concepto que tengo sobre este bendito deporte. Las cosas del fútbol no tienen épocas. Los grandes jugadores, los equipos ganadores y los partidos vibrantes trascienden en el tiempo perdurando hasta la eternidad, con un nivel de idolatría digno de los profetas divinos o los dioses de la Antigua Grecia.

Sobra la polémica entorno a la selección del mejor futbolista del mundo, sobre el césped han existido jugadores que han cautivado a millones de seguidores de todas las edades. Diversos son los criterios a la hora de elegir a un jugador que lidere el ranking de los futbolistas más influyentes de la historia. Pero muy pocos se fijan en un personaje tan importante y polémico como suelen ser los árbitros. Ellos son los únicos que al terminar el encuentro siempre regresan solos a casa, sin el reconocimiento debido a tan noble profesión.

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CORAZÓN DE ACERO

EL PALCO
La columna de Henry Morales Marquez

Soy un tipo honesto que dice siempre lo que piensa. Por eso molesto a tanta gente hipócrita.

En ocasiones olvidamos cuán cambiante suele ser la vida y cómo a veces basta solo un minuto para despojarte de todo con lo que un día soñabas. Rubén de la Red, quién fuera alguna vez un flamante producto de la cantera del Real Madrid, conoce muy bien la fragilidad de nuestra existencia y sus impredecibles giros. Su pesar fue tan grande que reconoció: “A veces la vida te golpea fuerte, tan fuerte que es capaz de quitarte un sueño, pero incluso un sueño hecho realidad”. Esta es su historia.

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Maradona

EL PUNTO CENTRAL

La columna de Raul Hernandez Lima

Cada 30 de octubre Villa Fiorito reaparece en el mapa argentino, luego se borra de los mapas de tanto dedo apuntándole y pasando sobre el papel brillante de las esferas. Allí nació Dios y corrió descalzo por los porteros pegado al balón.

Las siete canchitas le vieron desafiar a los mortales y querer convertirse en campeón del mundo, así lo dijo y ya saben que no hay imposibles para los dioses. No importó que el flaco Menotti le viera muy pibito en el 78 y le sacará temprano de la concentración, a las decepciones también se acostumbró Diego y las vivió como nadie.

Desafiante a las reglas más elementales para los mortales y a las fuerzas extrañas del poder. Irreverente y querellante ante casi todo lo que olía rancio en su nariz de pobre. Sin más fortuna que su carisma y la felicidad de hacer siempre su santa gana, como cuando rechazó dineros de River para ir al maltrecho Boca de sus amores.

Bañado de azul reventó las gargantas en la Bombonera ante los millonarios cuando dejó tirados a Fillol y Tarantini para hacer su arte, el del gol. Así se hacía el amor y la guerra, con pundonor y clase. Y tantas veces hizo la guerra que pareciera su propósito.

La hizo a la Fifa, a los corruptos, a su cuerpo mismo cuando lo entregó a las drogas. La hizo en el mexicano Estadio Azteca a los ingleses. Cualquiera pensaría que la Guerra de la Malvinas era cosa de pasado hasta que Maradona se tomó la justicia por su mano. No fue de pícaro ni tramposos como dicen unos y otros, fue la mano de Dios sobre ese balón inalcanzable para Peter Shilton.

Barrilete cósmico que apretó a la Argentina en un puño dejando en el camino a tanto inglés. Y levantó su izquierda con los del Sur. Ya dirán algunos la izquierda del corazón. La izquierda de con la que explotó las redes donde quiera. La del Che y Fidel Castro.

Por eso se fue al sur italiano a sentirse como en casa. Salió de Barcelona para ser feliz en Nápoles. Donde devolvió el amor que se ganó con goles y desparramó la gloria por las estrechas calles napolitanas. Ni siquiera viviendo entre el Vesuvio y los Campos Flégreos el San Paolo se acostumbró a tanto temblores como los provocado por Diego cada fin de semana.

Los sismos se apartaron de allí y de dentro de las canchas. Quizá se los llevo de la mano aquella rubia vestida de enfermera. Ese día le cortaron la piernas pero las heridas sanaron y en la sangre del Pelusa siguió corriendo su pasión por el fútbol. Hoy celebra Argentina que se olvida por un rato de la vorágine eleccionaria de estos días. Celbrá tú también Diego. Hoy cumple años la historia.

Si el fútbol no puede…

BALÓN DIVIDIDO La columna de Javier Arguelles

La diferencia entre el triunfo y el fracaso depende más de lo que queremos creer de los goles marcados o no marcados en los que la suerte es el factor determinante.

Si el fútbol no puede….

Mañana deberíamos amanecer con El Clásico. Todo nuestro día tendría que haber girado alrededor de lo que sucediera en el Camp Nou. Porque un Barca-Madrid cada vez que se juega es el partido del año, del siglo. Pero no, mañana no habrá clásico. Se hizo arriesgado celebrarlo por las protestas independistas en Catalunya. Parece que es imposible guardar en un cajón las diferencias políticas y durante 90 minutos solo disfrutar, sufrir, gritar, vivir como lo harían los seres normales. Si el fútbol no puede ser una válvula de escape, entonces…

El último diciembre trajo de regalo el superclásico Boca-River como final de la Copa Libertadores. La mayor rivalidad del fútbol argentino serviría para encontrar al nuevo rey de América. Lo que debería ser una fiesta para el balompié albiceleste se convirtió en vergüenza. Después del empate a cero en la Bombonera, todo quedaba listo para el asalto final en el Monumental. No se pudo efectuar el duelo en el barrio de Núñez. Unos inadaptados repletos de odio arrastraron por el suelo a toda la hinchada argentina lo que obligó a jugar la vuelta a 10000 km de distancia en el Santiago Bernabéu. Si el fútbol no puede con el odio, entonces…

Hace unos días Hristo Stoichkov terminó un programa de televisión llorando avergonzado por la actitud de sus compatriotas en el partido celebrado en Sofía entre Bulgaria e Inglaterra. Toda una grada hizo que la goleada de los ingleses fuera cosa anecdótica, lo importante fue los constantes gritos racistas que les lanzaron a varios jugadores de los tres leones. Lo peor es que no es un hecho aislado, en Italia casi todos los fines de semana ocurren actos similares. Si el fútbol no puede con el racismo, entonces…

En la última fecha FIFA se jugó un partido entre las dos Coreas, dos países que a día de hoy, aunque la guerra terminó hace casi 70 años. El desafío se desarrolló sin público y sin transmisión televisiva en vivo. Se desaprovechó la oportunidad de extenderse la mano, de edificar un poco de paz. Si el fútbol no puede, al menos durante una hora y media detener una guerra, servir de tregua, entonces…

Parece que el odio, el racismo, las diferencias políticas, la intolerancia nos han vuelto tontos. Ya no somos capaces de discernir ni durante 90 minutos aquello que nos puede hacer feliz. Quiero creer que el fútbol nos enseña un poquito a vivir, que el fútbol nos aleja un rato de las miserias humanas. El juego en sí es una lección de vida. Generosidad, esfuerzo, valentía, sacrificio, pero sobretodo amor y mucho respeto hacia compañeros, rivales y afición se pueden ver en cada cancha del mundo.

Si el fútbol no puede durante 90 minutos volvernos humanos entonces, discúlpenme la palabra, estamos jodidos.