PRESIÓN ALTA
La columna de Eduardo Grenier Rodriguez
La presión alta me dura siempre 90 minutos. Tengo más equipos que pelos en la cabeza, pero sueño con ver al Espanyol ganar una Champions. Sigo pensando que la Segunda División de España es la mejor liga del mundo y que Pirlo es mejor que Maradona. Escribo porque mis goles solo los puedo anotar con tinta… y muy de vez en vez, cuando el portero se despista….
¿Puede el fútbol regalar más poesía que aquella que brota de un
botín? ¿Puede, acaso, trascender su belleza de un sombrero, un caño, una
elástica? ¿Podía aquel famoso gol de Maradona en el 86 llenar tanto la
vista de un loco enfermo del juego más allá de aquella imagen perfecta,
casi patética de un «pelotudo argentino» destrozando a los ingleses con
regates? ¿Conseguiría algo impresionar más que la pelota cosida a su
zurda, a la zurda del único Dios en que hemos creído los ateos, el Dios
cuya procesión duró solo 10,6 segundos?
10,6 segundos. Leo a
Casciari y lloro. Recuerdo al Azteca enloquecido, quebrantado por
semejante anomalía, pero las letras lo superan. Me siento culpable.
¿Estaré loco? En mi sano juicio, jamás cambiaría la octava maravilla del
mundo por unas líneas de verborrea. No, no estoy loco. Leo otra vez y
vuelvo al inicio, como si pusiera la jugada en replay, y la disfruto,
saboreo cada letra, me pregunto cómo rayos lo hizo. La crónica es
soberbia, casi tanto como… Mejor no comparar. Leo y escucho también a
Víctor Hugo, otro maestro, consiguiendo su más grande narración en el
momento clave. Diego es Dios. Casciari y Víctor Hugo, sus escultores.
El fútbol tiene esas cosas. Los héroes van siempre de corto, orondos,
sorteando los estorbos y listos para sorprender, para improvisar, para
aplacar con la sensación de un gol los problemas de la vida real. Los
antihéroes (¿por qué no?) andan en silencio, escurridos entre el gentío,
micrófono en mano, con el boli y la agenda listos para narrar con las
manos y la voz las sergas de aquellos de pies afortunados. Los
antihéroes cuentan el fútbol como si este fuera fantasía, y enamoran a
la gente.
No hay domingo en que me pierda un gol ni lunes en
que no pasen por mi vida las historias de Tallón, Segurola, Caparrós,
Villoro, Jabois… las jugadas construidas con plumas y teclados; el
fútbol visto por los ojos del frustrado incapaz de hilvanar dos dominios
seguidos al balón que vuelca su pasión sobre el papel en blanco.
Y no sería nunca el Atlético lo mismo sin Patricia Cazón o Rubén Uría,
ni Pep Guardiola el mítico «Her Pep» sin Balague, Besa o Perarnau, el
Calcio fuera la misma liga espectacular de siempre, pero tristemente
huérfana de los relatos de Enric González, aquel que describió como
nadie la «cuestión de fe» que lo ata al Espanyol desde chico.
Y
ratifico una vez más que el fútbol a medias no me gusta nada. Lo
detesto. Me hipnotiza tanto al sol como a la sobra. Idolatro tanto a
Galeano como a Pirlo. Lo vivo tanto los domingos, a pie de cancha o
desde la lejanía del televisor, como el lunes, periódico en mano,
bebiendo un sorbo de café mientras devoro la obra de aquellos dilectos
colegas que alguna vez, en un alarde de engreimiento tremendamente
ridículo, he pretendido alcanzar.
Pd: A todos aquellos incapaces del balón que encontramos en el papel nuestra cancha.